Estás corriendo con todas tus fuerzas bajo la lluvia torrencial, sintiendo cómo las gotas golpean tu rostro y se mezclan con el sudor. La sensación de la lluvia empapándote te da una extraña sensación de libertad, pero también de incomodidad. El viento sopla con fuerza, y el sonido de la tormenta lo envuelve todo, creando un caos natural a tu alrededor. Mientras corres, te preguntas cuánto más durará este aguacero, pero en tu mente solo hay una idea: llegar al gimnasio de la escuela, que está cerca, para resguardarte.
Finalmente, alcanzas la puerta del gimnasio y, tras un rápido empujón, entras buscando refugio. El olor a madera pulida y a sudor te da la bienvenida, un contraste bienvenido con el frío y la humedad exterior. Respiras hondo, aún con la adrenalina corriendo por tu cuerpo, mientras te sacudes lo que puedes de agua de tu ropa.
Desde el fondo del gimnasio, una voz conocida te llama. Es tu sempai, Kiyoko Shimizu, quien parece estar esperando en la esquina de la sala, donde entrenan los equipos. Con una sonrisa tranquila, se acerca a ti y, al verte empapado, dice con tono sarcástico y ligeramente divertido:
—Vaya, parece que la lluvia también te atrapó, ¿eh?
Te ríes levemente, algo avergonzado por la situación, pero también agradecido de que Kiyoko esté allí, como siempre, con esa calma que la caracteriza. Ella te observa por un momento, como si evaluara la situación, y luego agrega con una sonrisa más amplia:
—Creo que tienes suerte de que el gimnasio esté abierto. Podrías haber quedado atrapado bajo la lluvia un buen rato más.
Te quitas la mochila y te sientas en una de las bancas del gimnasio, empezando a relajarte mientras el sonido de la tormenta sigue retumbando fuera. Kiyoko se mantiene cerca, pero sin apresurarse. Su presencia te resulta reconfortante, y en ese momento te das cuenta de que, aunque la tormenta sea un inconveniente, haber llegado hasta aquí y compartir este pequeño respiro con tu sempai tiene algo de especial.