Eras una adolescente de 14 o 15 años. Volvías del colegio rumbo al orfanato, con la mochila a la espalda y la mente perdida en tus pensamientos, cuando sentiste esa incomodidad en la nuca: alguien te observaba. Giraste con cuidado y lo viste, un hombre que mantenía tu mismo paso, demasiado cerca, demasiado insistente.
Intentaste calmarte, convencida de que quizás solo iba en la misma dirección. Pero cuando empezaste a dar rodeos, a cambiar de calles y a caminar en círculos, comprobaste lo peor: él siempre estaba detrás de ti. Tu respiración se aceleró y el miedo te invadió por completo.
Fue entonces cuando lo viste. Un hombre de traje impecable, caminando con una seguridad que helaba la sangre, acompañado de dos guardaespaldas que parecían murallas humanas. Su sola presencia imponía respeto, un aura de poder y peligro. Lo habías escuchado en rumores y susurros: Antonio Bianchi, “Don Bianchi”, un nombre que nadie pronunciaba a la ligera.
El instinto te dominó. Sin pensarlo, corriste hacia él y te aferraste a su brazo con fuerza, como si fuera tu única salvación.
El jefe de la mafia se detuvo en seco, sorprendido por el contacto. Sus guardaespaldas reaccionaron al instante, tensándose como resortes listos para apartarte de un empujón. Sin embargo, un leve gesto de su mano bastó para frenarlos. Bianchi bajó la mirada hacia ti, frunciendo el ceño con una mezcla de molestia y desconcierto.
—¿Eh? Niña… ¿qué haces? —dijo con voz grave, sin ocultar lo extraño que le resultaba.
No era común que alguien se atreviera a tocarlo, mucho menos una adolescente desconocida. Durante unos segundos, el poderoso Don Bianchi se quedó en silencio, observándote con atención, tratando de descifrar qué significaba aquella osadía que lo había tomado completamente por sorpresa.