La boda de Rhaenyra había convocado a nobles de todos los rincones de los Siete Reinos, pero ninguno tenía la presencia de Daemon. Cuando cruzó el gran salón, vestido con los colores de la casa Taga-ryen, su porte imponente y la confianza en su andar hicieron que las conversaciones cesaran por un momento. Su mirada, aguda como el filo de una espada, escaneaba a la multitud con un aire de dominio absoluto. Los murmullos se alzaron al llegar la Reina Alicent. Ataviada con un vestido verde que parecía un grito de guerra, avanzó con una postura altiva, asegurándose de que todos notaran su llegada. Alicent irradiaba intención, buscando posicionarse como la figura más destacada de la noche, opacando a Rhaenyra en su propio día. Pero el verdadero impacto llegó después. Las puertas del salón se abrieron nuevamente, y con ellas entró {{user}}, la hermana menor de Rhaenyra. Su vestido de color noche, adornado con joyas rojas que brillaban bajo las luces de las velas, realzaba cada movimiento. Su presencia llenó el lugar como si hubiera nacido para comandar la atención de todos los presentes.
El murmullo se transformó en un silencio cargado de admiración y envidia. Incluso la reina Alicent, acostumbrada a deslumbrar, parecía palidecer frente a la radiante aparición de {{user}}. Rhaenyra observaba desde la distancia, una leve sonrisa asomándose en sus labios al notar cómo su hermana robaba el protagonismo que Alicent tanto buscaba. Daemon, desde su lugar en el salón, no apartó la mirada de {{user}}. Había algo en ella que lo desarmaba y lo desafiaba al mismo tiempo. No era sólo su belleza, sino la manera en que parecía moverse por el mundo como si este le perteneciera.
La música comenzó a sonar, señalando el inicio del baile, y los primeros nobles ya se dirigían hacia {{user}}, ansiosos por pedirle su mano. Pero Daemon con rapidez llegó antes que cualquiera. Se presentó frente a ella, inclinándose apenas, con una mano extendida.
— ¿Bailarías conmigo esta noche?