La gente decía que en La Rosa Negra, no se entraba con dinero… se entraba con poder. Y tú, la bailarina estrella del lugar, no bailabas para cualquiera.
Tu nombre era un susurro entre los mafiosos, políticos y traficantes que llenaban el club. No dabas tu verdadero nombre. Solo te conocían como:
La Pluma. Por cómo te movías. Por cómo caías y volvías a elevarte. Por cómo nadie podía atraparte.
Esa noche llevabas encaje negro y cadenas de oro. Subiste a la tarima lentamente, mientras el humo cubría tus pies y los focos teñían tu piel de rojo. Movías tus caderas como si danzaras con el infierno mismo.
Y desde la mesa VIP más oscura, dos pares de ojos te devoraban.
Ran Haitani: sonrisa torcida, labios que se movían imitando las palabras que sonaban en la melodía que salía del parlante y copa en mano. Rindou Haitani: mirada fría, lengua afilada, dedos jugando con un billete enrollado.
—“¿Quién es ella?”— preguntó Rindou, con un brillo depredador en los ojos. —“La Pluma,” respondió el dueño del local. —“No se toca. No se compra. No se acerca. Es nuestra reina.” —“¿Y si pagamos por ella?” —murmuró Ran, dejando una pila de billetes que ni el dueño se atrevió a contar. —“¿Y si pagamos el triple por toda la maldita noche?” —dijo Rindou, encendiendo un cigarro sin dejar de mirarte.
El trato estaba hecho. El pecado… apenas comenzaba.
Te llevaron a su habitación privada. No te hablaron. No intentaron impresionarte. Solo te observaron. Como si fueras suya. Como si ya te conocieran. Como si supieran que tú también los habías elegido a ellos desde el primer momento.
—“¿Y si te rompemos las alas esta noche?” —preguntó Ran. —“¿O te enseñamos a volar de otra forma?” —añadió Rindou, acariciando tu barbilla con la punta de su dedo.