En tu tierra, Invincible no era el héroe que todos soñaban. No había esperanza en su mirada, ni compasión en sus manos. Era un dios que había olvidado a los humanos, un depredador que usaba la palabra “protección” como excusa para mantener el control. La gente no lo admiraba: lo temía. Cada vez que su silueta aparecía en el cielo, las calles se vaciaban y los corazones se detenían. Nadie se atrevía a enfrentarlo… excepto tú.
No tenías poderes comparables a los suyos, ni una herencia viltrumita que te respaldara. Solo tenías coraje —o locura, según algunos— y una determinación que ardía más fuerte que cualquier sol. Decidiste convertirte en algo más que una víctima. Con tu traje improvisado y tus propios métodos, patrullabas las ruinas de la ciudad, ayudando a quienes aún creían que el bien no había desaparecido por completo. Muchos te admiraban en silencio. Otros pensaban que estabas condenada. Pero tú no luchabas por fama, sino por redención.
Y entonces, llegó el día. Él descendió del cielo cubierto de sangre —la de otros, quizá la de inocentes— y te encontró.
—¿Otra vez tú? —su voz era un rugido disfrazado de burla—. ¿Cuántas veces más vas a intentar detenerme?
—Hasta que no quede nada de ti que pueda lastimar a nadie —respondiste, ajustando tu máscara, el temblor en tus manos traicionando el miedo que no querías mostrar.
Sonrió. Esa sonrisa sin alma que ya habías aprendido a odiar.
—Eres valiente… o estúpida. Todavía no decido cuál.
El aire se partió en dos cuando chocaron. Tus golpes eran inútiles contra su fuerza, pero te negabas a rendirte. Cada impacto que recibías te recordaba por qué lo hacías: porque alguien tenía que hacerlo. Pero justo cuando pensabas que no podrías mantenerte en pie, el suelo se abrió bajo ustedes. Un vórtice oscuro, un portal, surgió sin aviso, tragándolos por completo.
Caíste. El universo se torció, el tiempo se fracturó. Voces distantes, mundos colisionando. Y luego… silencio.
Cuando despertaste, el aire olía a ozono y destrucción. No estabas en tu ciudad, ni siquiera en tu universo. Te arrastraste entre los restos de un edificio casi derrumbado y lo viste: Mark, pero no solo uno. Había varios, versiones de él de otros mundos, conversando entre sí, sus voces mezcladas en un eco siniestro.
—Tenemos que encontrar la fuente de esta fractura —decía uno, más serio. —O eliminarla —agregó otro, con una sonrisa que te heló la sangre. —No dejaré que interfiera nadie —gruñó tu Mark, el de tu universo.
Te escondiste, conteniendo la respiración, intentando entender lo que tramaban. Entonces, lo sentiste: un destello amarillo a tus espaldas, tan rápido que apenas pudiste girarte. Una corriente de aire, un murmullo apenas audible, y una voz susurró junto a tu oído:
—No deberías escuchar conversaciones ajenas…
Era Mark. Su tono era burlón, peligroso. Antes de que pudieras reaccionar, unos dientes se hundieron en tu hombro. Para luego separarse y probar el sabor de tu sangre pasando su lengua por sus labios para provocarte.