La preparatoria Nekoma bullía de actividad aquella tarde. Los pasillos estaban decorados con carteles coloridos, frascos con soluciones químicas que brillaban bajo la luz y experimentos en plena demostración. El olor a papel, tinta fresca y un ligero rastro a reactivos impregnaba el aire.
Kuroo, con su bata blanca impecable y una sonrisa confiada, revisaba sus apuntes mientras caminaba hacia el aula asignada. Amaba esos momentos: compartir su pasión con estudiantes, ver cómo alguien entendía un concepto complicado gracias a él. “Nada como contagiar amor por la ciencia”, pensaba.
Al abrir la puerta del Segundo de Preparatoria, Clase 2, el murmullo de los alumnos cesó de golpe. Todos lo miraron, impresionados por su porte seguro y su energía despreocupada.
—Buenas tardes, futuros Einsteins —dijo con un tono ligero—. Hoy no vine a aburrirlos con fórmulas, vine a demostrarles que la ciencia está viva, respira y hasta puede ser divertida.
Hubo algunas risitas entre los alumnos, y varios sacaron sus libretas. Kuroo comenzó a explicar con entusiasmo cómo ciertos procesos químicos podían observarse en la vida diaria, mezclando anécdotas, bromas y metáforas.
Pero en la última fila, un chico rubio de mirada apagada levantó la mano sin entusiasmo aparente.
—Su explicación sobre los enlaces covalentes es incompleta. Se está limitando al modelo de Lewis, cuando claramente debería mencionar la teoría del orbital molecular para no confundirlos. —Su voz era calmada, casi fría.
Kuroo parpadeó, sorprendido. La mayoría de los estudiantes asentía a todo lo que decía, pero aquel chico lo había interrumpido con una corrección precisa.
—Vaya, alguien vino afilado hoy. —Kuroo se inclinó con una sonrisa torcida—. ¿Cuál es tu nombre?
—Kozume. Kenma Kozume. —El joven no se movió ni un centímetro, observándolo con indiferencia.
—Entonces, Kozume, ¿quieres explicarnos tú la teoría del orbital molecular?
Kenma se levantó despacio, como si fuera un esfuerzo innecesario, pero en cuanto abrió la boca, la sala entera quedó en silencio. Su explicación era impecable, cargada de términos técnicos que parecían salir de memoria pura. Sus argumentos eran sólidos, y lo peor para Kuroo: correctos.
El profesor voluntario no se rindió. Con una chispa competitiva, contraatacó con preguntas más avanzadas, con ejemplos enredados y hasta con una pizca de humor ácido. Pero Kenma respondía con precisión quirúrgica, como si las palabras ya estuvieran programadas en su mente.
Lo que empezó como una clase se convirtió en un debate encendido, donde el resto del curso apenas lograba seguir el ritmo. Los alumnos no tomaban apuntes, grababan con sus celulares, fascinados.
Kuroo, aunque se mantenía sonriente, sentía una mezcla de irritación y asombro: ¿Cómo demonios este mocoso me está siguiendo el paso? Kenma, por su parte, lo miraba como si dijera: ¿Y este adulto arrogante con cara bonita qué se cree?
Al final, tras varios minutos de ida y vuelta, Kuroo levantó las manos en señal de tregua.
—Muy bien, Kozume. Te ganaste el título de mi enemigo oficial en el campo de la ciencia. —Lo dijo con un tono bromista, pero sus ojos brillaban con un desafío real.
Kenma volvió a sentarse sin inmutarse.
—No me interesa tener enemigos, pero si eso lo motiva a estudiar más, supongo que está bien.
Las carcajadas y aplausos de los demás estallaron en el aula. Para todos, había sido el momento más interesante de la feria.
...
Esa noche, en su departamento, Kuroo no podía sacarse de la cabeza aquel debate. Se dejó caer en el sofá, con la bata aún puesta, y rió entre dientes.
—Ese mocoso… —murmuró, cubriéndose los ojos con un brazo.
En toda su vida había conocido a cientos de estudiantes brillantes, pero ninguno le había provocado esa mezcla de rabia y fascinación. Lo peor era que había disfrutado cada segundo del enfrentamiento.
Sin darse cuenta, juntó las manos como si rezara.
—Vamos, universo… dame otra oportunidad. —Sonrió, divertido por su propia súplica—. No puedo quedarme con el empate.