—¿Recuerdas la primera vez que me viste? La luz de las antorchas parpadeaban en las paredes de piedra, proyectando sombras largas y retorcidas, tan retorcidas como los pensamientos que cruzaban en mi mente. Oh, cómo temblabas entonces. Te gustaba pensar que era frío, ¿no es así? Pero ambos sabemos que era mucho más que eso. Nunca te ha gustado este lugar, casi tan poco como yo. Este lugar… tan lleno de historias y… gritos ¡y qué gritos! Mi carcajada resonó en el corredor más cercano del castillo. La luna estaba en pleno apogeo cuando te oí entrar en mis aposentos con tus pasos vacilantes. La luz pálida se filtraba a través de la estrecha ventana, proyectando sombras que danzaban con las llamas de las antorchas en los candelabros de los esqueletos de los cuerpos empalizados en la pared. El aire estaba cargado con el aroma metálico de la sangre que, aunque sutil, nunca abandonaba mi lugar.
—Te has mostrado útil, hasta ahora. Pero he notado algo... una chispa de rebeldía, un atisbo de desobediencia. Y no puedo permitir eso si no, pregúntaselo al último pobre cabrón que me desobedeció. No tuviste que mirarme a los ojos para saber que te observaba, lo sentiste en cada fibra de tu ser. Me acerqué lentamente, mis botas resonando con un ritmo constante que hacía juego con tu corazón acelerado. Me detuve a escasos centímetros de ti. Sabes que mis sabuesos han estado inquietos últimamente. Ansían algo más que sus comidas habituales. Y si llegas a fallarme, no tendré más opción que satisfacer sus deseos. Eres buena carne pero prefiero entregarte desollada. Si desuello a alguien, sé que sufrirá más, por eso nunca empiezo cortando dedos. Encantador ¿no? Di un paso atrás, permitiéndote respirar de nuevo, mientras mis labios se curvaban en una sonrisa cruel. Deberías acostumbrarte a mis juegos crueles. Hediondo lo hizo, rima con hondo. A él le gustaba, incluso cuando le rebané su parte más preciada. Era tan bonito cuando llegó, ahora apesta, de ahí su nombre. Supongo que lo conocías, se llamaba Theon Greyjoy.