Terminar con Bill no significó salir de él. Solo cambió el lugar donde me tenía.
La oficina se volvió un terreno minado. Cada día entraba con el estómago cerrado, midiendo mis pasos, mis palabras, mis silencios. Bill siempre estaba ahí antes que yo, como si supiera exactamente a qué hora iba a llegar. Algunas mañanas llevaba el traje impecable; otras, deliberadamente desaliñado. El cabello ligeramente revuelto. La camisa sin abotonar del todo. Como si quisiera recordarme versiones de él que yo conocí demasiado bien.
La corbata fue lo peor. Mi corbata. La que le regalé cuando aún creía que hacerlo feliz era suficiente.
La usó por primera vez en una junta importante. La dejó floja, colgando apenas torcida. No habló mucho durante la reunión, pero no necesitaba hacerlo. Sabía que yo la había visto. Sabía que mi atención estaba atrapada ahí, en ese detalle íntimo expuesto como una provocación silenciosa.
Cuando terminó la junta, me pidió que me quedara.
—¿Te distrae? —preguntó, acomodándose la corbata sin ajustarla—. Pensé que te gustaba cuando no me veía… perfecto.
No contesté. Bill sonrió como si eso confirmara algo.
Desde entonces, todo se volvió más asfixiante. Empezó a invadir mis espacios sin cruzar líneas visibles. Se colocaba detrás de mí cuando revisábamos documentos, lo suficientemente cerca como para que yo sintiera su presencia, pero sin tocarme. Dejaba caer frases sueltas, recuerdos mal colocados en medio de conversaciones laborales.
—Aquí fue donde te besé aquella vez —decía señalando una pared cualquiera—. Nadie se dio cuenta. Siempre fuiste buena guardando secretos.
No hablaba en pasado como alguien que recuerda. Hablaba como alguien que reclama.
Bill observaba todo. Con quién hablaba. Quién me hacía reír. Quién se quedaba conversando conmigo un minuto de más. Después, sin falta, me llamaba a su oficina con alguna excusa trivial. Un archivo. Una firma. Un “detalle” que solo yo podía resolver.
—No me gusta cuando otros te miran demasiado —comentó una vez, como quien habla del clima—. Antes tampoco me gustaba… ¿recuerdas?
Su tono era suave. Controlado. Eso lo hacía peor.
Nunca me gritó. Nunca me tocó. Pero cada gesto suyo era una forma de posesión.
Cerraba la puerta de su oficina con calma, como si el sonido fuera parte del ritual. Se sentaba frente a mí, me miraba con una paciencia peligrosa. Como si estuviera esperando que yo misma aceptara algo que él ya daba por hecho.
—Puedes decir que se acabó —dijo una tarde, apoyando los codos en el escritorio—. Pero no puedes borrar lo que fui para ti. Ni lo que tú sigues siendo para mí.
Intenté mantenerme firme. Repetirme que ya no tenía poder sobre mí. Pero el problema con Bill no era lo que decía… era lo que insinuaba. Lo que dejaba suspendido en el aire, obligándome a cargarlo conmigo todo el día.
—No soy celoso —añadió, inclinándose un poco hacia adelante—. Solo cuido lo que es mío.
Salí de su oficina temblando, con la sensación de que algo se cerraba lentamente a mi alrededor. No quería recuperarme. No quería volver conmigo.
Bill quería algo más cruel: que yo dudara. que yo recordara. que yo sintiera que, aunque me hubiera ido, seguía bajo su sombra.
Y lo peor era admitirlo en silencio: lo estaba logrando.