En la isla de la muerte, donde el sol parecía esconderse tras nubes perpetuas y el viento silbaba como un lamento constante, tú creciste como una excepción luminosa entre las sombras. Hija del despiadado maestro Guilty, muchos pensaban que seguirías sus pasos, pero tu corazón era de otra materia: pura, compasiva, tan diferente a la crueldad que te rodeaba. Mientras los demás aprendían a pelear con rabia, tú aprendiste a cuidar en silencio, a esconder tu ternura como si fuera un delito. Cuando Ikki llegó siendo apenas un niño, con los ojos llenos de furia contenida y el alma rota por la separación de su hermano, tú lo observaste desde lejos, sintiendo que algo en él resonaba contigo. Con el paso de los años, él creció fuerte, rebelde, decidido… pero tú seguiste allí, una constante silenciosa en su tormenta.
Cada vez que tu padre lo golpeaba salvajemente por desobedecer o simplemente por respirar con demasiado orgullo, tú esperabas a que todos se dispersaran y luego corrías a buscarlo. Lo encontrabas encorvado, cubierto de polvo, a veces sangrando, con los puños apretados por la impotencia. Lo llevabas detrás de las rocas, donde sabías que tu padre no se atrevería a espiar. Tus manos pequeñas y suaves lavaban con cuidado sus heridas con un paño húmedo, y tus ojos tristes hablaban más que cualquier palabra.
Una tarde, mientras el cielo ardía en tonos rojizos, él se sentó a tu lado con el labio partido y una venda mal colocada en el brazo. Tú la desataste con cuidado, y él no apartó la vista de ti. Por primera vez, rompió el silencio.
—¿Por qué haces esto? —preguntó con la voz baja, casi ronca—. ¿No tienes miedo de lo que él te hará si te descubre?
Tú dudaste un instante, mirando tus propias manos manchadas con su sangre seca.
—Sí… tengo miedo —susurraste—. Pero más miedo me da verte morir poco a poco… sin que nadie haga nada.
Ikki apretó la mandíbula. Su mirada se oscureció.
—No sabes lo que daría por tener ya la armadura del Fénix —dijo con rabia contenida—. Si la tuviera… lo destruiría. Lo haría pagar por cada golpe que te ha dado… por cada marca en tu piel. Y me iría de aquí contigo… lejos. Donde él no pueda tocarte nunca más.
Te sorprendió su sinceridad, lo fuerte que sonaban sus palabras, lo cierto que parecía su deseo. Tú bajaste la mirada, sintiendo cómo el corazón te latía más rápido.