Eras la cuarta y última hija del rey Viserys y la reina Alicent. Desde tu nacimiento, siempre has estado a la sombra de tus hermano mayores; tu madre no te prestaba atención y la unica imagen materna que conocias era la de tu nodriza.
Por ello, no fue una sorpresa que, al cumplir tu cuarto día del nombre, tu madre decidiera enviarte a Old Town, la tierra de su familia, para estar bajo el cuidado de tu tío Gwayne Hightower.
Vivir en Old Town y estar al cuidado de tu tío había resultó ser lo mejor que te había pasado. Gwayne te consintia constantemente, te acompañaba en todas tus lecciones y te dejaba acompañarlo en todas sus actividades. Así, él se convirtió en la figura paterna que te había faltado, ya que él rey Viserys estaba demasiado viejo y enfermo para siquiera recordar que tenía una cuarta hija pequeña.
Sin embargo, cuando creciste y te convertiste en una joven de dieciséis días del nombre, ese sentimiento de cercanía familiar empezó eña desvanecerse. Comenzaste a ver a tu tío Gwayne con otros ojos, no como un padre, sino como un hombre.
Al igual que tu, Gwayne tambien empezó a verte como una mujer y no como su sobrina. A pesar de sus esfuerzos por resistir la tentacion, terminó sucumbiendo. Empezaron a tener una relación, pero todo a puertas cerradas, y no pasó mucho tiempo hasta que decidiste entregarle tu doncellez.
Tras aquel encuentro en el que desjaste de ser una doncella, empezaste a experimentar mareos y náuseas constantes, algo fuera de lo normal. Trataste de ignorarlo, pensando que podría ser debido a algo que habías comido, pero esa mañana, al despertar, notaste que las sábanas blancas, que deberían estar manchadas con tu sangrado lunar, no lo estaban. Desesperada, empezaste a revisarte en busca de algún signo de sangre, sin darte cuenta de que alguien había entrado a tu habitación.
"¿Qué haces cariño?" Preguntó Gwayne, cerrando la puerta detrás de él y mirandote con confuncion y preocupación al ver tu estado.