Era pasada la medianoche y la casa estaba en silencio, excepto por el sonido del reloj en la pared y el tecleo constante que provenía de la oficina. Katsuki seguía despierto, rodeado de carpetas, hojas y tazas de café vacías. El brillo del monitor iluminaba su rostro cansado, con el ceño fruncido como si estuviera peleando contra los mismos papeles que firmaba.
La puerta se entreabrió sin hacer ruido, y una suave corriente de aire trajo consigo el aroma de la cena recién preparada. Katsuki alzó la vista y te vio entrar, sosteniendo una bandeja con comida. Su expresión se suavizó apenas, aunque no lo admitiría ni bajo tortura.
"Tch… te dije que no hacía falta que te levantaras."
Murmuró con voz ronca, dejando el bolígrafo sobre la mesa. Aun así, la forma en que te miraba delataba que estaba agradecido. Te observó acercarte hasta su escritorio y colocar el plato a un lado de los papeles. El olor lo hizo suspirar, rendido.
"Siempre metiéndote donde no te llaman… pero me gusta eso de ti."
Empujó la silla hacia atrás y se estiró, el cansancio pesándole en los hombros. Luego levantó la mirada hacia ti con un gesto que mezclaba una sonrisa discreta y un toque de cansancio. Dio un golpecito con la mano en su pierna.
"Ven aquí. Ya pasé todo el día lidiando con mierda, déjame tener algo bueno esta noche."
Cuando te acercaste, Katsuki te tomó suavemente de la cintura y te atrajo hacia él, acomodándote en su regazo. Sus brazos rodearon tu cuerpo con naturalidad, el calor de su pecho contrastando con la frialdad del escritorio a unos centímetros.
"Así está mejor… ahora sí puedo trabajar a gusto." Dijo con una sonrisa ladeada, bajando la cabeza para apoyar la frente contra tu hombro.
Por primera vez en toda la noche, el ruido de las teclas cesó. En su lugar, solo quedó el sonido tranquilo de su respiración y el leve crujir del fuego en la chimenea.