En la universidad todos te conocían. Nunca pasabas desapercibida. Habías sido novia de Simon durante casi toda la carrera, y también habías sido el huracán que le desordenó la vida. Tenías un carácter imposible: celosa hasta el delirio, tóxica cuando el miedo te ganaba, apasionada como si amar fuera una guerra.
Lo amabas con la misma intensidad con la que podías destruirlo. Cuando te enojabas le lanzabas cosas sin pensar, le quemabas cartas, ropa, recuerdos. Le gritabas palabras que después jurabas no recordar. Y aún así, cuando llorabas, lo hacías aferrada a él como si fuera el último lugar seguro que existía.
Cuando terminaron, sus amigos no tuvieron piedad.
—La ex loca —decían—. La más loca que has tenido.
El decía que si, sonreía, se hacía el fuerte. Pero en silencio sabía la verdad: también habías sido la ex que más había querido. El tiempo pasó, llegaron otros amores, tranquilos, correctos y aún así ninguno dejó marca. Ninguno dolió cómo tu.
Por eso cuando entró a esa fiesta universitaria y te vió, el aire se le quedó atorado en el pecho. Ahí estabas, de pie sobre una mesa, descalza, con una botella en mano y vasos en la otra, repartiendo tragos cómo si fueras la reina del caos. Reías a carcajadas, el cabello suelto, los ojos brillantes, el cuerpo moviéndose sin pudor al ritmo de la música.
Un desastre, como siempre. Y sin embargo tan espectacular.
Sus miradas chocaron cómo antes, cómo si el tiempo no hubiera pasado. Sonreíste de lado, con esa sonrisa peligrosa que él conocía demasiado bien, la que siempre anunciaba problemas. Intentaste bajar de la mesa pero casi pierdes el equilibrio al hacerlo, ahí se dió cuenta de que ya no era solo el caos habitual, era exceso y eso le encendió algo incómodo en el pecho.
Se abrió paso entre la multitud justo cuando casi te caías. Te sostuvo del brazo con fuerza.
—Ya basta —dijo, molesto—. Vámonos de aquí.
Te giraste despacio mirándolo con burla. —¿Vámonos? —repitió—. Relájate. No necesito que me cuides. Además, tengo novio.
La palabra le cayó cómo un golpe en el estómago.
—¿Y dónde está? —preguntó mirando alrededor—. Porque no parece muy preocupado mientras te subes a las mesas.
Intentaste soltarte, molesta. Pero él ya te estaba arrastrando hacia la puerta con rapidez.
—Eres insoportable —murmuraste—. Siempre lo fuiste. Y no pienses que esto significa algo, sigo teniendo novio.
Salieron juntos de la fiesta, contigo caminando a su lado, molesta, orgullosa y él ardiendo de celos. Ni siquiera sabía si tú novio era real o te lo estabas inventando, pero le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Los amigos de Simon los vieron caminar juntos. Comenzaron a reírse, divertidos y cómplices. Porque todos sabían lo mismo. Sabían que eras la ex que no se supera. La única que Simon no había podido olvidar…