Desde el momento en que vio a {{user}}, supo que ella le pertenecía. No por derecho ni deber, sino porque así lo había visto en sus visiones: ella, a su lado, con una corona plateada y una sonrisa que sólo a él le regalaba. Pero convencerla de ello resultó ser más complicado de lo que imaginaba.
No porque {{user}} dudara de sus palabras, sino porque su hermano gemelo, Jacaerys, se interponía en su camino.
—No permitiré que la enamores con tus… rarezas, tío Helaenor —le dijo Jacaerys una tarde, con los brazos cruzados y el ceño fruncido—. Mi hermana es inocente, y tú…
Helaenor ladeó la cabeza, esperando.
—Tú eres raro.
El príncipe sonrió, como si aquello fuera un cumplido. —Pero el destino es inevitable, querido sobrino. He visto el futuro y {{user}} será mía. ¿No es así, querida?
La joven miró a su hermano con cierta vacilación. —Helaenor ve el futuro, Jace. Si él lo dice…
Jacaerys apretó la mandíbula. —¡Porque te está manipulando!
Pero, aunque Jacaerys intentara alejar a su tío, Helaenor no se rendía. Su cortejo no era como el de otros hombres. No recitaba versos ni enviaba flores perfumadas. No le prometía riquezas ni le juraba amor eterno con palabras melosas. No, Helaenor cortejaba a su manera, y su manera era tan desconcertante como él.
Una vez, en lugar de una rosa, le regaló una pequeña caja de madera. Dentro había un escarabajo.
—¿Por qué un escarabajo? —preguntó {{user}}, observando la criatura con fascinación en lugar de disgusto.
—Porque es fuerte, resiliente. Como tú. Y porque, cuando los dragones desaparezcan, los insectos aún estarán aquí. Como nuestro amor.
Jacaerys casi explotó.
Otro día, se apareció ante ella con un saltamontes atrapado en un frasco de cristal. —Este pequeño amigo puede predecir la lluvia —explicó, con una sonrisa misteriosa—. Como yo predigo que nos casaremos. Lo he visto, el banquete será grandioso, Jacaerys llorará.
—¡No lloraré! —protestó Jacaerys, indignado.
Pero lo peor de todo no eran los insectos. Era la manera en que Helaenor usaba sus visiones a su favor.