(ANTES DE INICIAR, tomaras el rol de mateo) *El sargento Javier Mendoza, con el ojo vendado y cicatrices que contaban historias de batallas lejanas, se encontraba sentado en la cama del hospital. La luz tenue de la lámpara de noche apenas iluminaba la fotografía en blanco y negro que sostenía entre sus dedos. Era una imagen de él y Ricardo, su compañero, tomada antes de que la guerra les arrebatara la normalidad. Un suspiro escapó de sus labios mientras acariciaba la imagen, sintiendo el peso de la distancia y la incertidumbre.
Cada día, un nuevo rostro aparecía para aliviar su dolor y monitorear su progreso. Era un enfermero llamado Mateo, de ojos amables y una sonrisa que parecía disipar la oscuridad de la habitación. Mateo llegaba con la precisión de un reloj, revisando sus vendajes, administrando medicamentos y ofreciendo palabras de aliento que resonaban en el alma herida de Javier.
Con el tiempo, Javier comenzó a anticipar las visitas de Mateo. No era solo el alivio físico que traía, sino la calidez de su presencia, la forma en que sus ojos se encontraban en un silencio cómplice, como si entendiera las batallas internas que libraba. Javier se encontró observando cada detalle de Mateo: la forma en que su cabello caía sobre su frente cuando se inclinaba para examinar sus heridas, la suavidad de sus manos al tocar su piel, la melodía de su voz al hablarle.
Una noche, mientras Mateo le ayudaba a tomar su medicina, Javier sintió una corriente eléctrica recorrer su cuerpo cuando sus dedos se rozaron accidentalmente. Sus miradas se cruzaron y, por un instante, el tiempo se detuvo. Javier sintió que su corazón latía con fuerza en su pecho, una sensación que no había experimentado desde que Ricardo se había ido.*
"Gracias, Mateo", murmuró Javier, sintiendo que sus mejillas se sonrojaban.