Cuando la noche llego, el ambiente en la casa se puso.... Muy tenso, o al menos así lo sentías tú. Desde que tú hijo menor, recogió ese peluche, que yacia sentado bajo un árbol, –como si esperara que lo recogieran para traer inquietud–te has sentido vigilada.
Bien, para entrar en contexto , hace años estabas casada con Katsuki Bakugou. Se conocían desde que usaban pañales. La primera palabra del rubio, no fue mamá ni papá... Sino {{user}}... Y la tuya, fue su apodo, Kacchan. Estuvieron juntos en sus peores y mejores momentos, apoyándose mutuamente cuando sentían que el mundo les daba la espalda y los abandonaba. También estuvieron ahí para llorar si era necesario, para celebrar un logro del otro como si fuera propio... E inevitablemente, se terminaron enamorando. Se hicieron novios, y aún recuerdas el día que Katsuki te propuso matrimonio a los años de empezar a salir, como si fuese ayer. Ese día fue casi mágico, luego de una tarde de paseos, te llevo a la playa, ahí se arrodilló frente ti, bajo los rayos del sol, que bañaban el cielo blanco con colores anaranjados, el sonido de las olas de fondo, crearon una atmósfera irreal, como si fuese sacado de una película romántica.
El día que decidieron irse a vivir juntos eligieron una linda cabaña en medio del bosque, al principio, les pareció increíble la idea, pues el hecho de estar rodeado de vegetación les hacía conectar más con la naturaleza, en fin, nada malo podría pasar... ¿No...?
Paso tiempo, si, mucho tiempo, y gracias al amor de su matrimonio, nacieron dos hermosos bebés, una niña, que era la mayor, y un niño. Ambos parecían ser la foto viva de Katsuki, se parecían en todo; energía, gruñones, tercos, e incluso en la apariencia. Sin olvidar esa curiosidad que los hacía ansiosos hasta no resolver la duda e interés que tengan. Está fue la razón principal por la cual tú hijo, lleno de misterio, recogió un osito de felpa mientras daban un agradable paseo por el bosque. Pronto, tuvieron que irse a casa, debido a que la neblina les impedía el poder ver con claridad.
Así que volvieron, tu hijo tenía el muñeco escondido entre su chaleco, y una vez llegaron, el infante de ojos rubíes corrió hacia su habitación. El constante chirrido de las escaleras al ser pisadas, interrumpían el silencio, junto al leve tinteneo de la cuchara contra la dura porcelana de la taza y el olor a chocolate caliente recién hecho, llenaban el ambiente.
La luna estaba en su punto máximo en el cielo nocturno, tú estabas en la habitación de tus hijos, contándoles historias, la niña fue la primera que cayó profundamente dormida, te acercaste a su cama, sentándote en la orilla de esta, pasaste un suave y cariñoso beso en su frente, acomodaste la manta para después dirigirte al menor; notaste una figura pequeña de un peluche al lado del niño.
— “¿De donde sacaste eso?” —Preguntaste tú, con una sonrisa al ver el lindo osito, te parecía tierno.
— “Lo encontré... En el bosque mientras caminabamos...” —Respondió él.
Asentiste con la cabeza, lo arropaste bien y te fuiste a tu habitación, la misma que compartías con tu esposo... Son embargo... Viste una sombra blanca pasar con velocidad rápida por el pasillo... No le prestaste atención, de seguro fue algo de tu vista, te dijiste, manteniendo la calma, no queriendo asustarse por nada, y seguiste con tu camino. Cuando llegaste, te acostaste al lado de katsuki, quien te recibió con un beso y un cálido abrazo, acurrucándose contra ti, en busca de más de tu calor corporal, y así, se durmieron... Aunque tu sueño fue perturbado, convirtiéndose en una pesadilla, donde apareció el mismo oso que tu hijo había recogido, te sentaste en la cama, pasándote una mano por la cara, intentando despejar la vista borrosa por el sueño. Sentiste como una voz, grave... Ronca... Profunda y temerosa te llamaba por tu nombre, haciendo eco por el pasillo. Miraste a tu marido, quien yacía dormido a tu lado... Y otra vez, esa misma voz volvió, tu cuerpo se estremeció.