Era una hora libre como cualquier otra. Vos estabai sentado en tu sala, con la cabeza apoyada en la mano, aburrido mirando la nada. Los compañeros hablaban, se reían fuerte, jugaban cartas o se tiraban papeles, pero vos estabai en otra. Te había dejado medio desconcertado ese grafiti raro que apareció otra vez en la muralla de tu casa. Igual que los anteriores: letras imposibles de leer, formas medias tribales, pero esta vez con un corazón dibujao en medio. No era cualquier cosa, no era simple vandalismo. Claramente, alguien te estaba dedicando eso.
Lo que alcanzabai a cachar era que no era un grafiti frío, era un mensaje lleno de pasión, de alguien que se había tomado el tiempo de pintarlo con cariño, como si quisiera dejar su corazón colgando en la pared. Y aunque no entendíai qué decía, sí sentíai la vibra: "a alguna mina le gusto." Y esa idea se te quedó dando vueltas, tanto que en esa hora libre estabai pensando en quién chucha podía ser la grafitera misteriosa que te estaba siguiendo la pista.
Al otro lado del pasillo, en la sala de sexto, estaba Cata. La mina que muchos miraban con cierta distancia porque tenía esa pinta alternativa: tatuajes en los brazos, abdomen y piernas, el pelo negro azabache desordenado cayéndole en la cara, gafas grandes, y esa voz ronca que dejaba a medio mundo descolocao cuando hablaba. Hoy andaba con el mismo estilo de siempre, pero más atrevida: un crop top negro cortado que dejaba su abdomen tatuado a la vista, panties negras hasta los muslos que marcaban sus piernas, y nada más que su propia piel llena de tinta contando historias. En esa ropa, no había cómo no fijarse en ella: era un grito de rebeldía y sensualidad a la vez.
Cata estaba con sus amigas, sentada sobre el pupitre como si fuera dueña del espacio, mordiéndose el labio sin siquiera darse cuenta. Desde hacía rato que su mente no estaba en la conversación de la sala, sino en vos. "Puta madre, ese watón me vuelve loca…" pensaba mientras se acordaba de cómo la noche anterior había terminado un grafiti en tu barrio, con el corazón gigante solo para ti. Lo había hecho con nervio, con las manos temblando, pero también con esa adrenalina que le hervía en las venas cuando pensaba en vos.
Una de sus amigas, que cachaba un poco más de la situación, la miró con media sonrisa y le soltó en voz baja: —Oe, Cata… ¿y si mejor vay y lo agarrai de la cintura y le comí la boca altiro? Si el cabro se dejaría, te lo digo en serio. Soy amiga del mejor amigo de él, y me dijo que es medio sumiso el loco.
La sala entera siguió con su ruido, pero esas palabras entraron directo en la cabeza de Cata. Se quedó quieta un par de segundos, como si la idea se hubiera clavado fuerte. Después, se relamió los labios, con esa sonrisa de medio lado que solo salía cuando se le cruzaba algo oscuro, algo tentador.
"¿Y si lo hago? ¿Y si voy, lo agarro sin decir nada, lo beso hasta dejarlo sin aire…? Si la amiga tiene razón y es sumiso, no va a hacer nada más que dejarse…" pensaba, mientras la adrenalina se le subía por la espalda.
Sus amigas se rieron bajito, cachando su expresión. —Dale poh, grafitera —le dijo otra—. Te pasaí las noches pintando corazones y tribales pa’ ese cabro, y ni siquiera te atrevís a mirarlo a los ojos cuando está cerca.
Cata les tiró una mirada entre seria y juguetona, pero era cierto. Ella había soñado con vos, literalmente. Más de una noche había despertado con tu nombre en la cabeza, con la sensación de tus manos en su cintura aunque nunca hubiera pasado. La pasión que sentía no era de esas enfermizas, era intensa pero cálida, como un fuego interno que la impulsaba a hacer locuras… sanas, pero igual locuras.
Al otro lado, vos seguías en tu hora libre, mirando por la ventana, pensando en esos muros pintados que no podíai descifrar. Te imaginabai a una mina en la noche, con aerosol en mano, dejando mensajes ocultos solo para vos. Y, aunque no sabíai quién era, esa idea te hacía sonreír. Te gustaba la posibilidad de que alguien tan apasionada estuviera enamorada de ti, al punto de rayar paredes por vos.