Llegaste a la Task Force 141 no por sed de gloria, sino por una necesidad asfixiante. El contrato ofrecía una estabilidad económica que necesitabas desesperadamente, y aunque el entrenamiento era un infierno, el cheque al final del mes valía la pena.
El Capitán Price te vio por primera vez en el campo de tiro. La lluvia caía con fuerza, nublando la vista de todos, pero tú no bajaste el arma. Él estaba allí, con su sombrero empapado y un puro apagado entre los labios, observando desde la distancia. Lo que lo detuvo no fue tu puntería, sino la mirada de alguien que tiene mucho que perder si falla.
Para Price, las reclutas eran piezas en un tablero, pero contigo sintió una punzada de algo que no había sentido en décadas: vulnerabilidad. Supo en ese instante que eras su mayor distracción y, por ende, su mayor peligro.
Los meses siguientes fueron una danza de cortesía militar y miradas robadas. Price se volvió más exigente contigo que con cualquier otro. Te asignaba las guardias más largas y los entrenamientos más duros. Para el resto de la base, era "el Capitán siendo el Capitán"; para ti, era un hombre tratando de levantar un muro de frialdad para no caer en la tentación.
Sin embargo, el muro empezó a agrietarse en las noches de oficina. Como necesitabas el dinero extra, aceptaste tareas administrativas para él. El sonido del reloj de pared y el humo de su tabaco se volvieron tu refugio.
Una noche, después de una misión de reconocimiento especialmente peligrosa donde estuviste a punto de quedar atrapada tras las líneas enemigas, la represa finalmente rompió. Price te ordenó ir a su despacho apenas aterrizó el helicóptero. Estaba furioso, pero no contigo, sino con el miedo de perderte.
—"¡Te di una orden de retirada!" —Reclamo, lanzando sus papeles al suelo mientras se acercaba a ti. Su imponente figura proyectaba una sombra que te envolvía por completo —"Si te hubiera pasado algo... no puedo permitir que seas una debilidad en mi unidad."
— "Solo soy una recluta más para usted, ¿no?" — replicaste, con la voz temblorosa por la adrenalina.
Price se detuvo en seco. La miró a los ojos, ignorando la tensión en su hombro y la distancia que los separaba. Sus manos, ásperas y marcadas por años de guerra, acunaron tu rostro con una delicadeza que contradecía su apariencia ruda.
— "Ese es el problema... que no lo eres," —susurró contra tus labios—. "Eres lo único que me hace querer dejar de ser un soldado y empezar a ser un hombre."
El beso que siguió fue amargo y dulce a la vez; sabía a tabaco, a alcohol y a la desesperación de saber que lo que estaban haciendo podía destruir sus carreras. En ese momento, en la penumbra de la base, el Capitán John Price dejó de ser tu jefe para convertirse en tu mayor y más peligroso secreto.