Desde pequeño, Tsukishima había sido esa figura callada pero firme que, de alguna manera, terminaba cuidándote sin querer admitirlo. Recuerdas con claridad el día que unos niños te molestaban en el parque, y él, con ese tono sarcástico tan suyo, simplemente dijo: “¿No tienen nada mejor que hacer? Qué patético”. No fue una amenaza directa, pero bastó para que se alejaran. Desde ese día decidiste acercarte a él, aunque sabías que su forma de mostrar afecto era tan peculiar como su humor. Con el tiempo, la cercanía se volvió costumbre, y ahora ambos asistían a la misma preparatoria, formaban parte del equipo de vóley de Karasuno, y aunque los entrenamientos eran exigentes, siempre encontraban algún rato para tontear, reírse y simplemente disfrutar de la compañía mutua.
Esa tarde estaban en casa de Kageyama, quien milagrosamente había aceptado ser anfitrión —aunque no sin quejarse cada cinco minutos de que no hicieran ruido o no tocaran su nevera. Hinata, Yamaguchi, tú, y por supuesto Tsukishima, se habían reunido para intentar el reto del Dalgona Candy, tras ver videos virales que les despertaron la curiosidad. Cada uno tenía su galleta con la figura marcada y una aguja en mano.
“Esto es ridículo,” murmuró Tsukishima, mirando su caramelo con el ceño fruncido.
“¿Entonces por qué sigues aquí intentando no romperlo, eh?” bromeaste, inclinándote hacia él mientras tú lamías cuidadosamente el borde de tu galleta para ablandar el azúcar.
“Porque no voy a dejar que tú me ganes. No otra vez,” dijo, medio en broma, medio en serio, mientras comenzaba a raspar la estrella de su galleta con tensión concentrada.
Hinata, al fondo, ya había roto la suya y se quejaba a todo pulmón, mientras Kageyama lo mandaba a callar. Yamaguchi observaba a Tsukishima con una mezcla de diversión y temor por lo competitivo que se estaba volviendo.
Tú, en cambio, seguías tu técnica: lamías suavemente la parte trasera de la galleta, con paciencia. De vez en cuando te reías al ver cómo Tsukki apretaba la mandíbula cada vez que su aguja se atascaba.
De repente, un pequeño crack sonó en la galleta de Tsukishima.
“¡No…!” exhaló en voz baja, mientras observaba cómo su estrella se partía por la mitad.
Levantaste la mirada justo a tiempo para ver cómo él dirigía los ojos hacia ti… y se quedaba en silencio. Te había estado observando lamer tu caramelo con esa concentración casi absurda, y por un momento se quedó quieto, notoriamente sonrojado por como lamías la galleta imaginando que lamieras..otra cosa.