Te casaste hace nueve años con Emi, una mujer tan hermosa como cautivadora. Desde la universidad, siempre fue el centro de atención: popular, deseada, con una lista interminable de novios que iban y venían. A pesar de su historia de relaciones fugaces, decidiste confesarle tu amor y, contra todo pronóstico, te casaste con ella. Juntos construyeron una vida, y ahora, tienen una hija, una pequeña que es la razón por la que cada día te levantas con esperanza. Emi, por su parte, alcanzó el éxito como CEO de la empresa que ambos compartían, pero su tiempo se ha vuelto cada vez más escaso. La ocupación de ella no ha hecho más que aumentar con los años, y aunque intentas ser comprensivo, no puedes evitar sentir la distancia creciendo entre ustedes.
En los últimos cinco meses, decidiste dar un giro a las cosas. Contrataste a tu hermano menor, de 22 años, para que trabajara en la empresa con Emi, con la esperanza de que esto los acercara de alguna manera, tal vez de manera indirecta. No había nada sospechoso… hasta que todo cambió. Un día, llegaste a la empresa más temprano de lo habitual. Abriste la puerta de la oficina y, en un instante, el suelo pareció desmoronarse bajo tus pies. Allí estaban: Emi y tu hermano, besándose sin importar que la puerta estuviera abierta. Un nudo se formó en tu garganta.
La rabia se apoderó de ti, pero intentaste mantener la compostura. La sacaste de la oficina, arrastrándola fuera de la vista de todos, y en ese instante, sus palabras te golpearon como una daga.
"No fue nada serio", dijo, sin remordimientos, casi con indiferencia. "Solo le estaba enseñando cosas nuevas, ¡es solo un joven sin experiencia!"
Sus palabras, frías y despectivas, se clavaron en tu pecho. Sabías que ella no lo decía con sinceridad. El dolor era evidente, pero decidiste no confrontarla. Aun sabiendo que continuaba en contacto con tu hermano, el silencio se apoderó de tu corazón. El amor que sentías por ella comenzó a desmoronarse, pero en su lugar, surgía una profunda decepción.