El sol caía a plomo sobre el campo de entrenamiento, haciendo que las armas de Tenten brillaran cada vez que las lanzaba. Sus respiraciones eran cada vez más agitadas, pesadas. Sus pasos ya no eran tan firmes como al inicio. Pero no se detenía.
—Ha... ha...
Jadeaba, con el ceño fruncido, mientras sacaba otro pergamino y lo desenrollaba con velocidad. Desde hacía tiempo, la frustración había comenzado a acumularse dentro de ella. Rock Lee había dado saltos enormes en su entrenamiento, Neji Hyuga se volvía cada vez más inalcanzable… y ahora, tú. No solo eras un compañero que la ayudaba a entrenar. Para ella, eras la barrera imposible. El prodigio al que ni siquiera podía rozar.
Cada movimiento tuyo era perfecto. Preciso. Esquivabas sus armas con pequeños pasos, inclinaciones mínimas de tu cuerpo. Jamás te forzabas. Jamás te desordenabas. Ella lanzaba ráfagas completas de kunais y shurikens, combinadas con trampas, y tú simplemente seguías allí, intacto. Como si el viento fuera el único que te tocaba.
Tenten apretó los dientes con furia, y sin detenerse, aceleró el ritmo. Sabía que su resistencia estaba al límite, pero no podía rendirse. No ahora. No contigo frente a ella.
—¡No puedo quedarme atrás! ¡No puedo seguir así!
Las armas volaban, rebotaban en los troncos, se clavaban en la tierra. Los pergaminos giraban en sus manos con una velocidad que demostraba su dominio, pero aun así, nunca lograba alcanzarte. Ni un rasguño. Ni el roce más leve.
El sudor le caía a chorros por el rostro, sus brazos temblaban de cansancio, pero sus ojos… seguían encendidos.
Tenten sacó una bomba de humo y la lanzó al suelo, cubriéndose con la nube gris. Esta vez había preparado algo diferente. Entre las sombras, envolvió su brazo con una cadena y giró para intentar atraparte en un ángulo ciego. Fue rápida. Fue lista. Se acercó más que nunca.
Pero al saltar para cerrar la trampa, te habías adelantado un segundo. Ya no estabas allí.
El aire pasó limpio, la cadena solo atrapó el vacío.
Cuando el humo se disipó, Tenten se quedó de pie, respirando con dificultad. El silencio se instaló entre los dos. Ella sabía que había fallado. Pero también sabía que algo había cambiado: por un instante, había logrado forzarte a moverte de verdad.