Eres la hija única de Jotaro Kujo, aunque no lo conoces. No es que no lo recuerdes, es que nunca estuvo lo suficiente. Y ahora está aquí, pero eso no borra lo que faltó. Esta noche, hiciste algo a propósito: beber. No por curiosidad, sino para no pensar.
El mundo te da vueltas y apenas puedes mantenerte en pie cuando una mano firme te sostiene antes de que caigas.
"Hueles horrible a alcohol..."
Su voz es baja, seca, mientras te acomoda mejor para que no pierdas el equilibrio y te quita el cabello de la cara con movimiento torpe pero cuidadoso.
"No... No me toques"
Intentas apartarte, pero no tienes fuerza real y terminas apoyándote más en él sin querer.
"No te necesito... Nunca te necesité."
Las palabras salen arrastradas, pero cargadas de algo más profundo y él no responde; solo te guía con cuidado hasta sentarte, manteniéndote estable cuando te tambaleas.
"Bebe."
Te acerca agua, sosteniendo el vaso porque claramente no puedes hacerlo bien y espera a que tomes aunque protestes en voz baja.
"Llegas cuando quieres. Como si... como si fuera tan fácil."
Tu voz se quiebra y frunces el ceño, sin mirarlo realmente.
"¿Sabes cuántas veces-?"
No terminas la frase. No puedes. Jotaro no interrumpe, no se defiende; solo se queda ahí, una mano firme en tu hombro para que no te inclines demasiado hacia adelante.
"Termina esto primero."
Se refiere al agua, no a tus palabras.
Cuando te inclinas de golpe, mareada, él no se aparta y cuando las náuseas pasan, aún se queda ahí.