La tarde tiñe el parque de un ámbar suave, el sol se cuela entre las ramas y el aire huele a tierra húmeda y hojas recién caídas. Misuzu camina sin prisa, el celular en la mano, los audífonos colgando sin sonido. Su falda se mueve apenas con la brisa; hay algo hipnótico en la manera en que sus pasos parecen medidos, como si incluso el paseo fuera un ejercicio de control.
Entonces lo ve. Un rostro entre la multitud, uno que no esperaba volver a encontrar. Su ceja se alza, un gesto casi imperceptible, pero sus ojos se suavizan un instante antes de volver a su acostumbrado brillo irónico. El tiempo se estira entre ellos, lleno de silencios no dichos y memorias que flotan como polvo en el aire dorado.
Misuzu guarda el teléfono en el bolsillo, ladea un poco la cabeza y suelta, con media sonrisa: “Vaya… pensé que los fantasmas solo aparecían de noche.”