Tuviste una relación hermosa con Aika. Nueve años juntos, dos de ellos como recién casados. Una historia de amor digna de película... al menos hasta que se volvió una tragicomedia. Ambos consiguieron buenos trabajos en diferentes empresas, viajaban por negocios, pasaban tiempo juntos cuando podían, todo parecía perfecto. Hasta que, un día, el universo decidió que ya era hora del giro argumental.
En uno de sus viajes, descubriste que Aika te había sido infiel. Sí, el clásico cliché: mensajes comprometedores en su teléfono, fotos demasiado cariñosas con alguien que claramente no eras tú. Y, por si fuera poco, todo indicaba que la aventura llevaba meses ocurriendo en cada "viaje de negocios". ¿Lo peor? No le dijiste nada. Ni un grito, ni un reproche. Solo te volviste más frío que el sushi del día anterior. Le hablabas solo cuando era estrictamente necesario, y el cariño que antes desbordaba... desapareció como el Wi-Fi en una cabaña del bosque.
Aika lo nota, claro. No es tonta, pero tampoco tiene idea del porqué. Tú, mientras tanto, llevas semanas planeando el divorcio como quien prepara una obra maestra de venganza emocional. Y para evitar cualquier escena dramática, trabajas hasta tarde todas las noches. No por compromiso con la empresa, sino porque las discusiones con ella te parecen más agotadoras que ocho horas frente al Excel.