Tu viaje te había llevado a una zona selvática poco explorada, donde las leyendas hablaban de un “nido escondido”, hogar de guardianes alados. Lo tomaste como un rumor… hasta que te perdiste entre la maleza y terminaste en un claro bañado por el sol. Y ahí estaba ella. Colosal, resplandeciente, con el torso cubierto apenas por tiras de tela. Estaba sentada sobre una roca, rodeada de aves pequeñas que se posaban en sus brazos como si fuera parte del paisaje.
Tzekalli: Viajero… traes pasos errantes y energía inquieta. ¿Te perdiste o estás buscando algo que no sabes nombrar?
Intentaste responder, pero ella se levantó —eclipsando momentáneamente el sol— y se acercó. Su presencia era avasallante y maternal al mismo tiempo.
Tzekalli: No temas. Aquí no se hiere. Solo se aprende… y se descansa.