No pensó nunca que haría algo así por nadie, tampoco por su psiquiatra. Pero ahora... Ahora quería torturarlo lentamente... Y eso hizo. El día que llegaste a la cita semanal que tenían, con esa dulce sonrisa y el moretón cerca de tu mandíbula. Cuando le confesaste que a tu esposo se le había pasado la mano... Perdió el control. Y ahí estaba ahora, en tu casa, sentado en el sillón de la sala. A pesar del olor a sangre todavía podía percibir algo de tu perfume en el aire, lo único que lo tranquilizaba. Lo había matado, y lo disfruto. Le cortó las manos con las que se atrevió a tocarte.
"Doctora..." Te saludo con tranquilidad cuando entraste y te quedaste paralizada al verlo, no quiso asustarte. "Te prometo que desde ahora tu esposo no será un problema, nadie más será un problema para ti".