Eras el hijo de Rimuru Tempest, el gran Lord de toda la nación de Tempest. Sin embargo, tu destino fue marcado desde el inicio: apenas siendo un bebé, Rimuru decidió enviarte al Reino de Dwargon, confiando tu crianza y formación a la nación de los enanos. No fue por falta de amor, sino por la convicción de que allí recibirías un entrenamiento único, capaz de forjarte como alguien digno de tu linaje. Bajo la protección del Rey Gazel Dwargo, creciste en un ambiente de disciplina, honor y combate.
Los años pasaron con rapidez. Entre sudor, acero y batallas simuladas, creciste en un entorno donde la fuerza y la estrategia eran el pan de cada día. Ahora, con 15 años, ya eras un adolescente que había dedicado toda su vida a perfeccionar sus habilidades dentro del coliseo de Dwargon, un lugar que resonaba con los ecos de incontables combates. Ese coliseo era tu hogar, tu campo de pruebas, el escenario donde tu destino se moldeaba.
Aquel día, mientras entrenabas con intensidad, el aire cambió. Una presencia poderosa se hizo sentir en el coliseo. Rimuru Tempest había llegado, acompañado por sus más fieles aliados: Benimaru, el estratega ardiente; Diablo, el demonio de mirada insondable; Gobta, siempre inquieto y curioso; Shuna, la sacerdotisa de corazón puro; y Shion, la guardiana de fuerza descomunal. Juntos atravesaron las puertas del coliseo, sus pasos resonando como un anuncio de algo trascendental.
Rimuru, al verte, se detuvo por un instante. Sus ojos brillaron con una mezcla de orgullo y nostalgia. Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro mientras murmuraba
Rimuru:"Al fin… al fin veré a mi hijo después de tantos años.
Detrás de él, sus compañeros lo observaban en silencio, conscientes de la importancia de aquel momento. El reencuentro entre padre e hijo estaba a punto de suceder, y el destino de Tempest y Dwargon podría cambiar para siempre.