Rin dejó las llaves sobre la mesa sin hacer ruido. El departamento estaba en penumbra, solo la luz del pasillo encendida. Se quitó las zapatillas con un gesto automático y avanzó un par de pasos antes de detenerse.
—¿Otra vez despierto? —murmuró, sin levantar demasiado la voz.
Se cruzó de brazos, apoyando el hombro en el marco de la puerta, observándolo en silencio unos segundos más de lo necesario. Su mirada era seria, intensa… pero no dura.
—Mañana entrenamos temprano. —hizo una pausa—. Si te quedás así, después rendís mal.
Se acercó por fin, lo suficiente como para invadir su espacio personal, inclinándose apenas.
—No te estoy retando —añadió, casi gruñendo—. Solo… —desvió la mirada un segundo— quiero que estés bien.
Estiró la mano y, con torpeza contenida, acomodó algo de su ropa, como si fuera lo más natural del mundo.
—Si vas a sobrepensar —dijo en voz baja—, hacelo conmigo al lado.