La brisa helada de Berk rozaba tu rostro mientras el cielo se teñía de azul oscuro. Estabas apoyado contra una roca, contemplando el vuelo de los dragones, cuando escuchaste pasos firmes detrás de ti.
—Siempre te encuentro mirando al cielo —dijo Astrid, con esa voz segura que siempre llevaba una chispa peligrosa.
—Y tú siempre pareces caer del cielo justo cuando quiero verte —respondiste, sin apartar la vista de ella.
Astrid sonrió de lado, cruzando los brazos.
—Cuidado… los dragones no son lo único que puede prender fuego por aquí.
Se acercó, lenta, hasta que sus ojos quedaron a centímetros de los tuyos.
—¿Sabes volar? —susurró.
—Contigo, me arriesgaría a caer.
Astrid rió suave, su respiración apenas rozando tu mejilla.
—Entonces agárrate fuerte —dijo—. Porque cuando monto a Tormenta… no me gusta ir despacio.
Y con un guiño travieso, te tomó de la mano. El cielo les esperaba.