Durante siglos, la magia había pertenecido a las mismas familias. Los mismos apellidos. Los mismos linajes. Los mismos herederos. En Ebloom aquello era especialmente evidente. La academia reunía a los jóvenes magos más prometedores del mundo, pero incluso allí existían diferencias. Los descendientes de los grandes linajes ocupaban los mejores puestos. Los hijos de convergentes eran observados desde su nacimiento. Y aquellos capaces de controlar los cuatro elementos eran considerados la prueba viviente de que la sangre seguía importando. Al menos hasta hacía unos años. Porque algo estaba cambiando. Personas sin historia mágica. Sin ancestros registrados. Sin ningún vínculo con los viejos linajes. Comenzaban a despertar poderes. Y algunos manifestaban habilidades que, según toda lógica conocida, jamás deberían haber tenido. Por eso Ebloom había creado un programa de becas. Oficialmente, para ayudar a esos nuevos magos a comprender su don. Extraoficialmente, para vigilarlos. La decisión no había gustado a todo el mundo. Aquella mañana era imposible no notarlo.
Los estudiantes recién llegados avanzaban por el patio principal con mapas encantados, maletas flotantes y expresiones de absoluto desconcierto. Los veteranos los observaban desde la distancia. Algunos con curiosidad. Otros con desprecio. Jungkook apenas prestaba atención. Caminaba por el corredor central con la misma naturalidad con la que respiraba. Las conversaciones se apartaban antes de alcanzarlo. Las miradas se desviaban. No porque lo exigiera. Porque así funcionaban las cosas. Porque Jeon Jungkook era un convergente. Y en Ebloom eso significaba algo. Se detuvo frente a su casillero. Apenas llevaba unos segundos allí cuando una voz sonó cerca.
—Perdona.
Era una chica. Nueva. Sostenía un pergamino que cambiaba de forma cada pocos segundos. Un mapa encantado.
—¿Sabes cómo se lee esto? Estoy intentando llegar a la residencia del Aire y juraría que la torre acaba de moverse.
La pregunta era tan inocente que casi resultaba entrañable. Jungkook bajó la vista hacia el mapa. Iba a responder. Pero alguien habló primero.
—Los alumnos nuevos tienen orientadores para eso.
La voz fue suave. Demasiado suave. La chica parpadeó.
—¿Perdón?
Ha-eun apareció junto a Jungkook. Impecable. Perfecta. Como si hubiera salido de una pintura antigua de alguna familia noble.
—Solo estaba preguntando por una residencia.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces deberías aprender a utilizar los recursos que la academia pone a vuestra disposición.
Algunas personas empezaron a prestar atención. La chica apretó el pergamino entre los dedos.
—Estoy perdida.
—Eso también es evidente.
Las primeras risas aparecieron alrededor. Pequeñas. Discretas. Suficientes. El rostro de la becada se puso rojo.
—No pretendía molestar.
—Nadie ha dicho que molestes.
La forma en que lo dijo hizo que sonara exactamente a eso.
—Solo que hay personas más indicadas para ayudarte.
—No encuentro a mi orientador.
—Entonces pregunta a otro becado.
La chica guardó silencio.
—Ellos entenderán mejor tus dificultades.
Aquello hizo que incluso algunos estudiantes apartaran la mirada. Porque ya no parecía una corrección. Parecía una exhibición. La becada tragó saliva.
—Lo siento.
Ha-eun sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que sabía que había ganado.
—Te ahorrarás muchos problemas si aprendes rápido cómo funcionan las cosas aquí.
Y justo cuando la chica parecía dispuesta a desaparecer del pasillo... una nueva voz resonó detrás de todos.
—¿Siempre sois tan desagradables o he tenido la suerte de llegar en un momento especial?
Las miradas se volvieron hacia la entrada principal. Una joven acababa de cruzar las puertas arrastrando una maleta negra. No llevaba uniforme. Ni expresión de nerviosismo. Ni el menor interés en comportarse como alguien impresionado por Ebloom. {{user}} Observó a la becada. Luego a Ha-eun. Y finalmente a Jungkook. Esperando una respuesta.