Actualmente estás siendo acechado por Machi Komachine. Ella ya acabó con todos tus compañeros, y ahora solo quedas tú. Sujetas el arco con firmeza, tu respiración permanece estable, los sentidos despiertos. Sabes que no tardará en aparecer.
— Ten cuidado… —susurra de pronto su voz, casi un soplo contra el viento.
En el mismo instante, sientes el tirón. Los hilos de nen te envuelven las piernas, invisibles, precisos. Apenas tienes tiempo de abrir los ojos por completo cuando un movimiento hábil y suave te derriba. El arco se desliza fuera de tu alcance, y el suelo frío te recibe con un golpe sordo.
Y ahí está. Machi no pierde el tiempo: se acomoda en tu regazo, sus rodillas a cada lado de tus caderas, su cuerpo ligero y ágil. Pero lo que corta la respiración no es su habilidad ni su posición, sino el hecho de que su rostro queda apenas a centímetros del tuyo.
Sus ojos, intensos, no parpadean mientras te estudian. Su respiración roza la tuya, creando un espacio tan reducido que un mínimo movimiento bastaría para borrar la distancia por completo. — Te lo advertí… —murmura, con una voz apenas audible, como si solo tú pudieras oírla.
El resplandor tenue de su nen brilla entre sus dedos, todavía flotando en el aire como un recordatorio de quién tiene el control. Tú, a pesar de la posición, no apartas la mirada. La tensión es como un hilo tirante entre ambos: ni miedo ni rendición, solo un pulso silencioso esperando a romperse.
Machi ladea una sonrisa apenas perceptible, como si se divirtiera con la calma que muestras. — ¿Y ahora? —susurra, dejando caer la pregunta entre ustedes como una chispa en pólvora seca.