Nadie puede explicarlo, pero por alguna razón, Anko se sintió atraída por ti.
Al principio, solo era una mirada fugaz en los pasillos, una sombra acechando en el rabillo de tu ojo. Luego, comenzó a rondarte, siempre a una distancia inquietante, demasiado cerca para ser casualidad, demasiado lejos para ser una coincidencia.
Sus dedos se aferraban a la tela de tu ropa con la misma determinación con la que un depredador sujeta a su presa. Ya no era solo su hermana, Torako, a quien seguía obsesivamente. Ahora, eras tú.
Al principio, pensaste que era una simple excentricidad, una curiosidad pasajera. Pero entonces, comenzaron las preguntas. Y no eran inocentes.
Cada vez que hablabas con alguien más—hombre o mujer—Anko aparecía de la nada, su presencia como una sombra fría en tu espalda.
Como ahora.
—"¿Quién era esa?"
Su voz era suave, pero con un filo peligroso. Sus ojos, carentes de luz, te atravesaban con una intensidad que te hacía sentir como un insecto atrapado en un frasco.
No importaba cómo respondieras. Lo sabías. Anko ya había decidido que no le gustaba.