Una tormenta impidió continuar la operación prevista en un punto fronterizo hostil. El equipo Ghosts se refugió en una pequeña cabaña abandonada. La mayoría se repartió en el piso, bancos improvisados o durmió con el fusil como almohada. Pero en uno de los cuartos, solo quedaba una cama individual disponible. Logan se ofreció a vigilar primero. Así que Hesh y tú... se quedaron con la cama.
El colchón era estrecho, apenas más ancho que una camilla, y el techo bajo crujía con el viento helado del exterior. La habitación olía a humedad y tierra seca, con la ventana parcialmente sellada por una tabla vieja. Te quitaste el chaleco táctico y te sentaste al borde, sin decir nada. Lo sabías. No había otra opción.
Hesh entró en silencio, con la camiseta térmica manchada de lodo y una toalla colgando de su cuello. Cerró la puerta con cuidado, casi como si temiera que el ruido pudiera ofender el frío.
— ¿No hay más camas? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.