El viento de Chicago azotaba el rostro de Mark mientras flotaba frente a la intrusa. El traje blanco ceñido delineaba cada músculo de la mujer; era viltrumita, sin duda. La insignia real brillaba en su pecho como una advertencia.
—¿Nombre? —exigió Mark, puños cerrados.
—{{user}} —respondió ella, voz serena—. Hija única de Thragg. Portadora de su ultimátum.
Mark tragó saliva. El nombre de Thragg era sinónimo de genocidio.
—Habla.
—Viltrum dejará la Tierra en paz… si tú, Mark Grayson, donas tu semilla una vez al año. —Sus ojos dorados no parpadearon—. Recházalo y tu madre, Oliver y Amber mueren antes del amanecer. Los tengo vigilados.
El estómago de Mark se retorció. Amber dormía en su apartamento, ajena. Debbie preparaba café. Oliver jugaba videojuegos.
—No —gruñó.
{{user}} sonrió sin humor.
—Entonces muéstrame tu elección.
Antes de que Mark reaccionara, ella lo tomó del brazo y surcó el cielo a velocidad cegadora. Cruzaron continentes en minutos; aterrizaron en las Rocosas, donde la nieve virgen crujía bajo sus botas.
—Última oportunidad —susurró {{user}}, desabrochando su traje—. Piénsalo como diplomacia… íntima.
Mark quiso golpearla. Quiso huir. Pero la imagen de su familia lo paralizó.
—Una vez —cedió entre dientes—. Solo una.
Seis horas después, el sol se hundía tras los picos. Mark yacía exhausto en la hierba, jadeante. {{user}} lo había llevado al límite; su cuerpo, diseñado para la guerra, también lo estaba para el placer. Aquellas protuberancias internas lo habían masajeado hasta la locura, su trasero opulento lo había envuelto por completo. Nunca Amber lo había hecho sentir así.
Ella lo cargó al río cercano, el agua helada lamiendo sus cuerpos desnudos.
—Mi oferta original era distinta —murmuró {{user}}, besando su cuello—. Que Debbie y Oliver vivieran en Viltrum como realeza. Que tú fueras mi esposo. —Sus dedos acariciaron sus testículos con delicadeza—. Que engendráramos herederos puros.
Mark se tensó. Ella se arrodilló en el agua poco profunda y lo tomó en su boca, limpiándolo con lentitud deliberada.
—Tienes una semana —dijo al levantarse—. Mi nave está en la cima. Ven cuando decidas.
Desapareció en un destello blanco.
Siete días después, Mark aterrizó frente a la nave camuflada. {{user}} lo esperaba, traje impecable, expresión ilegible.
—Acepto —dijo Mark, voz firme—. Pero tengo condiciones.