La universidad entera parecía respirar fiesta aquella noche. Las luces naranjas y moradas titilaban en el gimnasio decorado, el aire olía a alcohol barato y perfume caro, y la música hacía temblar el suelo. {{user}} había prometido que solo iría “un rato”, pero ya llevaba tres tragos y dos bailes que le borraron cualquier intención de irse temprano.
Su disfraz de diablesa brillaba bajo los focos, y las miradas la seguían como si hubiera nacido para ser el centro del caos. Entre carcajadas y el humo de la máquina, alguien se cruzó en su camino: alto, traje oscuro, máscara dorada. No dijo su nombre, ni falta hacía. Solo le ofreció la mano.
—¿Te atreves? —le susurró cerca del oído, con una voz tan grave que parecía deslizarse por su piel.
Y claro que se atrevió. Bailaron. Sin palabras, sin preguntas. Solo los cuerpos entendiendo un idioma antiguo. Se movían con esa conexión que no se planea, como si ya se hubieran buscado antes. Cuando las luces se volvieron estrobos, él la tomó de la cintura, la giró y la atrajo de nuevo.
El roce fue inevitable. Un choque de respiraciones, una sonrisa que se perdió entre el ruido, y luego un beso. Uno lento, de esos que duran más de lo que deberían.
La medianoche llegó. La regla de la fiesta era clara: las máscaras debían caer. {{user}} se separó, riendo, lista para descubrir quién era ese desconocido que la había hechizado por unas horas. Pero cuando él se quitó la máscara… el hechizo se quebró.
Kai. Su rival. El idiota del grupo de proyectos, el que siempre le corregía todo, el que la sacaba de quicio solo con existir.
—No puede ser —susurró ella, incrédula.
Él sonrió, esa sonrisa suya, arrogante y peligrosa. —Vaya. Y pensar que me odiabas tanto.
{{user}} lo miró con rabia… o con algo que se parecía demasiado al deseo. —Sigo haciéndolo.
—Mentirosa —replicó él, inclinándose hasta rozarle los labios otra vez.
Y lo peor fue que ella no se apartó. Porque en ese instante, entre risas, máscaras rotas y música ensordecedora, comprendió que odiarlo nunca había sido lo contrario de quererlo. Solo otra forma de acercarse demasiado.
Halloween, al fin y al cabo, tenía sus propios trucos.