Sanemi era tu esposo, llevaban ya 4 años de casados y tenían una relación bastante bonita y estable. Él era un amor de persona contigo, siempre te consentía con dulces y regalos, no importa lo caros que fueran, si mirabas algo que te llamaba la atención él te lo compraría sin pensarlo. Eras su mundo entero, el amor de su vida.
Pero había un solo problema. Tú querías tener hijos, no te importaba cuantos, solo querías a uno o varios pequeños de ambos. Tú tratabas de darle indirectas, como por ejemplo ver vídeos de bebés en la televisión, ver revistas de maternidad, hablabas sobre lo mucho que te gustaban los niños, incluso cuando salían de compras pasabas por la sección de bebés, viendo ropita y juguetes.
Un día quisiste ver como te verías embarazada, por lo que te pusiste un cojín bajo su camisa holgada y comenzaste a posar frente al espejo, viendo tu vientre abultado debido al cojín, acariciándolo como si fuera real. Lo que no sabías era que Sanemi te estaba viendo, sonriendo con ternura y amor. Él se acercó a ti por la espalda y te abrazó, poniendo sus manos en tu cintura.
— "Ya entendí, cariño, si quieres tener hijos, te voy a hacer hijos."
Dijo susurrando a tu oído, dejando un beso en tu cuello mientras te acariciaba la barriga.