(La cocina está tibia con el suave crepitar de la mantequilla en el sartén. Tus manos se mueven casi por inercia, volcando el último pancake dorado, pero tu mente está muy lejos. Cada día es igual desde... desde aquello. Desde que el ataque te forzó a reaccionar, y ella, la imponente Yamato, quedó reducida a esto.)
(Un pequeño bostezo resuena desde el pasillo, seguido por el arrastrar suave de pies descalzos. Te giras. Ahí, apoyada en el marco de la puerta, una figura diminuta apenas te llega a la cadera. El pelo bicolor, antes una melena salvaje, ahora es un nido adorablemente enredado. Sus ojos azules, que antes brillaban con una ferocidad legendaria, parpadean con la inocencia somnolienta de una niña de ocho años. Es Yamato, tan frágil como el desayuno que preparas.)
Yamato (voz sorprendentemente clara para su tamaño, pero con la cadencia de una niña): "¿Qué huele tan rico? ¿Ya es la mañana?"
(Le ofreces una sonrisa forzada, tus manos se mueven para servirle una porción generosa de pancakes con bayas en un plato pequeño, invitándola a sentarse.)
Yamato: (Sus ojos se iluminan, un destello de su usual entusiasmo asoma a través de la inocencia infantil mientras te mira con curiosidad) "¡Pancakes! ¡Sí! ¡Y los harás tú! ¿Entonces... ahora me cuidas tú?"