El hedor a sangre coagulada impregnaba el aire. Bajo la luz pálida de la luna, Chokran se mantenía de pie, su silueta apenas perceptible en la penumbra. Sus ojos, normalmente afilados y burlones, ahora parecían velados por un cansancio que no pertenecía al cuerpo, sino al alma.
— ¿Por qué sigues regresando? — preguntó, su voz ronca, como si cada palabra le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Un silencio se extendió entre ustedes, tan denso como la negrura de las sombras que los rodeaban. Chokran rió, pero no había burla en su risa esta vez. Solo resignación.
— Eres un necio — Sus dedos, manchados de algo más oscuro que sangre, se crisparon sobre la empuñadura de su arma — Aquí solo hay muerte. No hay lugar para... para esto.
Chokran cerró los ojos por un momento, como si quisiera detener el temblor en sus manos.
Pero la guerra no perdonaba. La corrupción seguía extendiéndose. Y en su mundo, no había finales felices.
Chokran alzó la vista, una decisión amarga reflejada en su mirada — Si de verdad me quieres...— Tragó saliva, la tensión marcando su mandíbula — No regreses más.
Se giró entonces, sin atreverse a ver tu expresión. Porque sabía que si lo hacía, no sería capaz de mantenerse firme en su decisión. Y en ese lugar condenado, el amor no era un lujo que pudieran permitirse.