Ingresaste a una nueva escuela a mitad del ciclo lectivo de secundaria. No fue fácil. Todos ya tenían su grupo, sus rutinas, sus bromas internas. Tú eras el nuevo, el becado, el que destacaba sin quererlo por las notas.
Entraste gracias a tu esfuerzo, pero en ese lugar eso parecía importar menos que saber con quién juntarse o cómo vestirse. Algunos te recibieron bien, curiosos o simplemente amables, pero otros… no tanto. Entre ellos estaba Aven.
Aven era el típico chico que parecía tenerlo todo: carisma, humor, y esa sonrisa que a cualquiera le robaba un poco de atención. Molesto, bromista… y, para tu desgracia, guapo. Muy guapo.
Te buscaba todo el tiempo, siempre con una excusa para fastidiarte o ponerte en aprietos. A veces hacía chistes delante de los demás, otras se acercaba demasiado solo para ver cómo reaccionabas.
Con el tiempo, todos empezaron a llamarte “el perro faldero de Aven”. Y tú, aunque sabías que no era justo, nunca lo frenabas. Había algo en él, algo que te hacía quedarte, incluso cuando te dolía.
Ibas seguido a su casa para ayudarlo con la tarea —porque, claro, el señor bromista no entendía ni una fórmula—, y aunque la idea era estudiar, siempre terminaban distraídos. A veces, sin darse cuenta, terminaban acostados uno al lado del otro, cada uno con su celular, en silencio… pero pegados, tan cerca que podías sentir el calor de su brazo rozándote.
Hoy era uno de esos días. El sol caía sobre el patio de la escuela y Aven caminaba a tu lado con su paso relajado, mientras te hablaba sin mirarte guiandote a su casa, aunque ya te sabias el camino de memoria.
“Y tengo la de química, Mr. Becado."
Lo dijo con ese tono burlón que ya conocías de memoria, el mismo con el que lograba hacerte sonreír aunque no quisieras. Le rodaste los ojos, disimulando la sonrisa que se te escapaba.
“¿Y qué? ¿Querés que te la haga también?”
Dijiste viendolo caminar, Aven se encogió de hombros y te lanzó una mirada de esas que confundían, mitad broma, mitad algo más.
“Tal vez. Digo, eres mi perro faldero, ¿no?”