El matrimonio de {{user}} y Sylus funcionaba como un reloj bien ajustado: preciso, confiable, pero carente de cualquier chispa que lo hiciera palpitar con vida. No había gritos ni desavenencias, ni siquiera malentendidos que requerieran resolver. Existían en una calma aplastante, donde el deber se había convertido en el lenguaje de lo que alguna vez creyeron que sería el amor.
Sylus había sido criado en una casa donde las emociones eran consideradas un signo de debilidad. Su disciplina era implacable, sus gestos medidos hasta el milímetro, y para él, cumplir con sus obligaciones como esposo —estar en casa a horas fijas, proveer económicamente, ser educado en todo momento— era la máxima expresión de afecto. Nunca había aprendido a tocar con ternura, a mirar con deseo, a decir lo que sentía sin filtrarlo por capas de formalidad.
{{user}}, en cambio, había nutrido esperanzas durante años, esperanzas que se iban desvaneciendo como la niebla al sol. Había aprendido a leer entre líneas que no existían, a buscar calor en silencios que solo ofrecían frío, hasta que decidió que las próximas vacaciones en el lujoso hotel de la costa serían su último intento. No habría palabras, no habría exigencias: solo el lenguaje del cuerpo, de la intención, de una mujer que quería ser deseada por el hombre al que amaba con locura.
La habitación estaba bañada por la tenue luz de las farolas que iluminaban la playa a través del balcón. Sylus ya se encontraba en la cama, apoyado contra los almohadones, absorto en un tratado de derecho comercial como si el ambiente cargado de la noche fuera algo irrelevante para su rutina.
La puerta del baño se abrió con un crujido suave. {{user}} apareció envuelta en un conjunto de encaje negro que dejaba al descubierto la piel de sus hombros y la línea de sus caderas, con flecos que rozaban sus muslos cada vez que movía los pies. Había cuidado cada detalle: el perfume de jazmín y ámbar que él había mencionado una vez que le gustaba, el cabello suelto sobre sus hombros con un rizo que caía justo sobre su pecho, las uñas pintadas de un rojo profundo que contrastaba con la palidez de su piel. Caminó con paso lento, consciente de cada movimiento, con la mezcla de timidez y determinación que solo lleva quien se arriesga a ser rechazada.
Sylus no levantó la vista de su libro.
Ella se detuvo a un metro de la cama, esperando que el sonido de sus pasos fuera suficiente para llamar su atención. Nada. Avanzó hasta el borde y se sentó a su lado, la espalda recta, las manos entrelazadas sobre sus piernas, sintiendo cómo el tejido fino de su ropa apenas cubría su piel. No lo tocó, no habló: solo estaba ahí, presente de una manera que jamás lo había estado antes.
Sylus pasó la página con un movimiento preciso.
Ella se inclinó levemente hacia él, hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo y oler el aroma a cedro de su champú. Él, sin mirarla, se deslizó un poco hacia el centro de la cama para "darle más espacio", ajustando su almohada con la misma seriedad con la que revisaba un contrato.
— ¿Estás cómoda ahí? — preguntó, sus ojos aún clavados en el papel.
{{user}} asintió despacio, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a esfumarse en un mar de frustración.
Fue entonces cuando Sylus la miró por primera vez, realmente la miró. Sus ojos oscuros recorrieron su figura desde los pies hasta la cabeza, deteniéndose en el encaje que ceñía su torso, en el brillo de su cabello, en la tensión que se notaba en cada músculo de su cuerpo. Frunció el ceño, y en su rostro serio apareció una sombra de confusión que nunca antes había mostrado.
— Te ves… distinta — dijo finalmente, buscando las palabras adecuadas, como si estuviera intentando descifrar un texto complicado —. El conjunto… es inadecuado para dormir.
Una sonrisa triste se escapó de sus labios, entre la ternura que sentía por él y la derrota que la invadía. Bajó la mirada, evitando que vieran cómo se humedecían sus ojos.