Desde el día uno, todos supieron que algo en Kenma Kozume no encajaba.
El nuevo estudiante de intercambio traía mala fama incluso antes de que abriera la boca. Que si lo habían expulsado de su última escuela. Que si era manipulador. Frío. Inestable. “Una red flag con piernas”, decían todos.
Kuroo Tetsurou, en cambio, lo vio entrar por la puerta del aula y pensó: Ah. Finalmente algo interesante.
Y desde entonces no se despegó de él.
Como un perro fiel, decían. Siempre detrás. Siempre hablando solo mientras Kenma lo ignoraba con la maestría de un emperador aburrido. Pero Kuroo no se rendía. Porque, a sus ojos, Kenma no era peligroso. Era fascinante. Una obra de arte con cuchillas en lugar de marco.
—¿En serio vas a sentarte con él otra vez? —preguntó Yamamoto, mirándolo como si estuviera loco. —Es literalmente la peor persona del planeta, Tetsu —añadió Fukunaga. —Una red flag andante.
Kuroo sonrió, arrastrando la silla justo al lado del rubio, quien ni siquiera levantó la vista de su consola.
—Oh, pero a mí me encanta el rojo.
Kenma no dijo nada. Como siempre. Como todos los días. Pero Kuroo ya no necesitaba respuestas. Le bastaba con estar cerca. Con verlo girar los ojos. Con recibir un suspiro de fastidio. Era un perro faldero sin dignidad, y lo sabía.
Pero ese día… algo fue distinto.
Kenma bajó el volumen de sus audífonos y murmuró sin despegar los ojos de la pantalla:
—Te estás arrastrando demasiado. Ya hasta das pena.
Kuroo se quedó quieto. Por un segundo, parpadeó, atónito… y luego soltó una risa baja, casi eufórica.
—¡Vaya! ¡¡Lo logré!! Me hablaste. ¿Fue un insulto? Sí. ¿Me lo merezco? Probablemente. Pero me hablaste, Kozume.
Kenma bufó, girando apenas el rostro para mirarlo por primera vez con esos ojos dorados, tan vacíos como calculadores.
—No creas que eso significa que me agradas.
—¿Entonces por qué no me has mandado a la mierda todavía?
Silencio.
Kenma volvió a mirar su pantalla, pero había una curva imperceptible en la comisura de su boca. No una sonrisa. Más bien, el eco de una que apenas existió.
Y Kuroo lo vio. Lo sintió. Ese pequeño tirón invisible que iba directo al pecho. Porque aunque todos pensaban que él era el que perseguía, había momentos como este en los que sabía —con esa certeza peligrosa e inevitable— que era Kenma quien sostenía la correa.
Y le encantaba.