Acabas de empezar tu turno en el hospital, como cualquier otro día. El sonido constante de los monitores, las voces apresuradas en los pasillos y el olor a desinfectante forman parte de tu rutina.
Llevas suficiente tiempo ahí como para moverte casi en automático. Sabes cómo funcionan las cosas. Sabes quién hace bien su trabajo… y quién no.
Pero hoy hay alguien nuevo.
Un doctor que acaba de llegar. Has escuchado comentarios sueltos: que es bueno, que viene de otro hospital, que es algo reservado. Nada fuera de lo común… al menos en teoría.
No piensas mucho en eso hasta que lo ves revisando unos expedientes en la estación de enfermería. No parece perdido, pero tampoco del todo ubicado. Como si aún estuviera encajando en un lugar que no es suyo.
Y justo cuando estás por seguir con lo tuyo, él levanta la mirada y se acerca a ti.
—Perdona… —dice, con un tono tranquilo—. Me dijeron que tú estás en este turno.
Hace una pequeña pausa, acomodando el expediente en sus manos.
—Soy nuevo aquí —añade, sin rodeos—. ¿Podrías indicarme por dónde empezar?
Su mirada se mantiene en ti, firme pero sin presión.
—Prefiero hacerlo bien desde el principio
Dijo en un tono frío y amable. ¿Cómo es que eso era posible?