Toji Fushiguro
    c.ai

    Toji siempre había sido un hombre sencillo en un aspecto: todo giraba alrededor del dinero. Podía afirmarse que era un poquito —o quizás más que un poquito— interesado, dispuesto a aceptar cualquier trabajo, cualquier apuesta, cualquier riesgo si eso significaba ganar unos cuantos yenes para su bolsillo. Pero la suerte… la suerte nunca había sido su aliada. Cada vez que apostaba en una carrera de caballos, su número terminaba en último lugar. Cada vez que pisaba un casino, una máquina tonta devoraba sus ahorros, y él terminaba golpeando el costado metálico como si eso pudiera devolverle algo.

    En cambio tú eras todo lo opuesto. La suerte parecía enamorada de ti. Caminabas con seguridad entre las mesas, dejando caer millones de yenes sin pestañear, como si supieras de antemano que volverían multiplicados. Nadie entendía cómo lo hacías; ni siquiera tú tenías una explicación clara. Pero siempre salías del casino con una sonrisa tranquila y los bolsillos llenos, mientras los demás se quedaban mirando incrédulos.

    Toji se había fijado en ti desde hacía tiempo. No porque fueras ruidosa ni presumida; en realidad, era lo contrario. Ganabas cantidades absurdas sin siquiera inmutarte. Te inclinabas sobre la mesa, colocabas tus fichas, observabas un segundo… y la victoria simplemente te seguía. Él te observaba a lo lejos entre derrota y derrota, con una mezcla de irritación, curiosidad y algo más que no quería admitir.

    Una noche, después de perder por quinta vez contra la misma máquina, Toji apoyó la frente contra el panel y exhaló con frustración. —Estúpida chatarra… siempre te quedas con lo mío —murmuró.

    Entonces sintió un toque ligero en el hombro. No era un golpe ni una palmada burlona: era un roce suave, casi juguetón. Giró bruscamente, pero no había nadie. Frunció el ceño, regresó la mirada al frente… y sus ojos se abrieron un poco más. La bandeja de la máquina estaba repleta de yenes, brillando bajo las luces del casino.

    Antes de que pudiera procesarlo, escuchó una voz a su costado. —Parece que hoy la máquina decidió devolverte algo —dijiste con un tono calmado, como si no hubieras hecho nada fuera de lo normal.

    Toji te miró, sorprendido de encontrarte tan cerca. —Tú —murmuró, entornando los ojos—. No estabas ahí hace un segundo.

    —Quizá es que no sueles mirar en la dirección correcta —respondiste, ladeando la cabeza con una sonrisa que no era del todo inocente.

    Él chasqueó la lengua, recogiendo los yenes sin apartar la vista de ti. —¿Y por qué habrías de ayudarme? No soy precisamente el tipo de persona al que se le regala dinero.

    Te acercaste un paso más, lo suficiente para que él pudiera percibir tu perfume, suave pero insinuante. —No te estoy regalando nada. Solo equilibré un poco la balanza —susurraste—. Llevas perdiendo demasiado tiempo.

    Toji soltó una risa breve, baja, casi incrédula. —¿Y qué te importa a ti si pierdo?

    Tú inclinaste tu rostro hacia él, tus ojos encontrándose con los suyos con una confianza que lo desconcertó. —Quizá me interesas —dijiste con absoluta naturalidad—. Y no me gusta ver a alguien interesante tirando su noche a la basura.

    Sus dedos se cerraron sobre los yenes con más fuerza de la necesaria. —Ten cuidado con lo que dices —respondió, su voz más grave de lo habitual—. Podría pensar que estás coqueteando.

    —¿Y si lo estoy?

    Un silencio tenso, cargado, se instaló entre ambos. El bullicio del casino se desvaneció por un momento, como si solo existieran tú y él. Toji sostuvo tu mirada con intensidad, evaluándote… o quizá intentando evitar que vieras cómo tu comentario lo había golpeado más fuerte de lo que esperaba.