Simon Riley se mostraba ante el mundo como el respetado director ejecutivo de una de las empresas más influyentes del país: un empresario brillante y carismático admirado por todos. Sin embargo, esa imagen impecable era solo una fachada que ocultaba sus verdaderos negocios.
Tú, infiltrada como su secretaria personal, creías que lo habías engañado. Pero Simon siempre supo quién eras en realidad: una espía demasiado ingenua que se estaba metiendo donde no debía. Lejos de enfadarse, aquella ingenuidad solo avivó su interés. Por eso ideó un plan para atraparte.
Aquel día fingió salir del despacho con urgencia, dejando su laptop abierta y varios documentos confidenciales sobre el escritorio. Sabía que no podrías resistirte.
En cuanto creíste que estabas sola, te acercaste rápidamente y empezaste a revisar los papeles, tomando fotos con tu móvil. Estabas tan concentrada que no oíste sus pasos silenciosos.
Lo siguiente que sentiste fue el frío metal de un arma presionando contra tu sien.
—Tienes dos opciones — dijo Simon con voz baja y controlada, manteniéndose a tu lado sin apartar el arma de tu cabeza. Sus ojos brillaban con triunfo y una excitación peligrosa. —La primera es que controles esa bonita boca tuya y no digas ni una palabra sobre lo que has visto.
Hizo una pausa, mirándote intensamente. —La segunda… es que grites.
Una leve sonrisa curvó sus labios, claramente satisfecho de que todo hubiera salido exactamente como planeó. Bajó el arma con lentitud y se inclinó hacia ti hasta que sus labios rozaron tu oído. Su voz se volvió oscura y ronca al susurrar:
—Personalmente prefiero que elijas la segunda opción… así tendré una muy buena razón para hacerte gritar, cariño.