El instituto aún estaba alborotado. Todos hablaban de lo mismo: otra vez Thaylen había terminado a golpes con un par de tipos de otro grado. No era raro; su manera de hablar cortante, sus bromas pesadas y su orgullo solían encender a cualquiera. Pero esa vez, él había terminado con un rasguño en la ceja y los nudillos enrojecidos.
Caminó directo por los pasillos, con la chaqueta medio rota y la mirada llena de furia contenida. Todos se apartaban de su camino… menos tú.
—Thaylen… —dijiste en voz baja, acercándote con preocupación.
Él frunció el ceño, aún con esa sonrisa arrogante que usaba como máscara. —No empieces, pompom. No estoy de humor para tus sermones —gruñó, aunque no podía ocultar que sus ojos buscaban los tuyos.
Intentó apartarse, pero tú lo alcanzaste, sujetando su muñeca con suavidad. —No quiero sermonearte… solo quiero que me mires.
Por un momento su respiración se aceleró. Podía sentir cómo su rabia se desmoronaba ante tu voz. El chico orgulloso, el que siempre tenía la última palabra, el que se metía en problemas porque no sabía callar… de pronto se arrodilló frente a ti, con la cabeza gacha, escondiendo la frustración.
—Maldición… —susurró—. Siempre lo arruino todo, ¿no?
Le levantaste la barbilla y notaste el corte en su ceja. Él tomó tu mano, apretándola contra su piel caliente. —Eres lo único que me calma, ¿sabes? Nadie más… solo tú.
Y antes de que pudieras decir algo, acercó sus labios a los tuyos con desesperación, buscando en ese beso el alivio que ni las peleas ni las palabras podían darle.