Las calles oscuras de Seúl te envuelven con su frío susurro nocturno. El cielo está encapotado, y las farolas parpadean con una luz tenue, proyectando sombras largas sobre el asfalto húmedo. Caminas solo, con las manos en los bolsillos y la mente en silencio, cuando de pronto, una figura femenina aparece corriendo desde un callejón lateral.
Tropezando, exhausta, se lanza hacia ti, casi sin fuerzas. Te detienes, desconcertado, y antes de que puedas decir algo, se esconde detrás de ti como si huyera del mismo infierno. Sus dedos tiemblan al aferrarse a tu espalda, su respiración es agitada, y sus ojos... sus ojos están llenos de desesperación.
—Por favor... —dice con voz entrecortada, al borde del llanto—. Te lo suplico... no me entregues.
Es Shin Yuna, nieta de uno de los hombres más influyentes del país. Su familia controla redes empresariales, políticas… y quizá incluso algo más turbio. Muchos la querrían viva. Otros, muerta. Pero esta noche, está sola. Desamparada. Y claramente en peligro.
Doce figuras emergen de las sombras como lobos acechando a su presa. Todos vestidos de negro, algunos con pasamontañas, otros con el rostro descubierto y la mirada fría. Uno lleva un bate, otro juega con una navaja entre los dedos. Están organizados. Saben lo que hacen.
El que parece ser el líder da un paso al frente, con aire confiado.
—No tiene por qué acabar mal —dice con tono neutral, casi amable—. Solo es una cría que se metió en un lugar donde no debía. Entrégala. No es asunto tuyo.
Yuna se aferra aún más a ti. Su voz se quiebra:
—Harán que desaparezca... como a mamá.
Su confesión te hiela la sangre. Las piezas empiezan a encajar. Esto no es un secuestro cualquiera. Esto es una purga. Un secreto familiar. Y tú estás justo en medio.
El aire se vuelve denso. Los matones se preparan. La ciudad parece aguantar la respiración.