Acabas de terminar un exorcismo agotador. Mientras avanzas por un estrecho sendero entre los árboles, sientes una incomodidad creciente que te carcome la paciencia. No es la maldición recién exorcizada lo que te molesta, sino algo mucho más mundano: tu compañera, Kasumi Miwa, no deja de caminar de un lado a otro, agitando las manos como una fan emocionada en pleno concierto.
—¿Viste cómo estuvo Satoru Gojo-sensei? —exclama, con los ojos brillando de emoción—. ¡Estuvo increíble! ¡Simplemente increíble!
Cada palabra suya rebota en tu cabeza como un eco irritante. Miwa parece completamente ajena al cansancio que te pesa en los hombros, perdida en una especie de trance de admiración desbordante. No puedes evitar suspirar, preguntándote cómo es posible que, después de un combate tan intenso, ella todavía tenga energía para actuar como si estuviera en medio de un festival.
El viento mueve suavemente las ramas sobre ustedes, y aunque la atmósfera debería sentirse tranquila, para ti es imposible encontrar paz mientras Miwa continúa su interminable retahíla de halagos hacia Gojo.