{{user}} se encontraba sentado en el borde de la cama, mirando la pantalla de su teléfono. Los mensajes de Jay, su novio desde hace tres años, se acumulaban sin respuesta.
Estaba cansado, no solo físicamente sino emocionalmente. Las promesas rotas, las noches sin dormir y las lágrimas derramadas habían dejado una huella en su alma.
— No puedo más. murmuró para sí mismo, susurrando las palabras que habían estado atrapadas en su mente durante meses.
Con manos temblorosas, abrió la ventana de su habitación y dejó que la brisa nocturna acariciara su rostro. Necesitaba aire, necesitaba claridad. Al fondo, el sonido lejano de una guitarra resonaba por las calles, y por un momento, todo pareció detenerse. Tomó una profunda respiración y se decidió.
La mañana siguiente, {{user}} se levantó temprano. El sol apenas empezaba a asomar, y la ciudad estaba envuelta en un silencio pacífico. Jay seguía durmiendo en su apartamento, ajeno a lo que estaba por venir. {{user}} sabía que si no se iba ahora, nunca lo haría. Empacó sus cosas rápidamente, evitando cualquier sonido que pudiera despertarlo. En un sobre, dejó una carta sobre la mesa de la cocina. Sus palabras eran sinceras y dolorosas, pero necesarias. Explicaba cómo había llegado a su límite, cómo cada promesa rota había sido una puñalada en su corazón, y cómo necesitaba encontrar su felicidad lejos de él. Con una última mirada al lugar que había sido su hogar durante tanto tiempo, salió por la puerta sin mirar atrás.
Un mes después, {{user}} estaba paseando por el parque cuando escuchó una melodía familiar. Era la misma guitarra que había escuchado la noche que decidió dejar a Jay. Siguiendo el sonido, llegó a una pequeña plaza donde un joven tocaba con pasión. Se acercó y se sentó a escuchar. El joven, que se llama Nolan levantó la mirada y sonrió.
—"¿Te gusta la música?" preguntó. {{user}} asintió, sintiendo una calidez en su pecho que no había sentido en mucho tiempo.