{{user}} siempre había vivido a medias. No porque mintiera descaradamente, sino porque omitía partes de sí mismo cuando conocía gente en redes sociales. Pequeños silencios, identidades incompletas, filtros que no solo suavizaban el rostro, sino también la verdad.
En su perfil se mostraba como mujer. No lo planeó como una estafa, simplemente ocurrió: su apariencia delicada, los filtros, la forma en que escribía. Nadie dudó. Así nació su doble vida: una real, cotidiana, silenciosa; y otra virtual, donde podía ser alguien más sin dar explicaciones. Fotos borrosas, videos cortos, maquillaje, una voz modulada con cuidado. No buscaba amor, solo compañía.
Todo cambió el día que conoció a Ethan en un juego en línea. Un mundo virtual donde personas de cualquier país coincidían sin rostros reales. El avatar de {{user}} era claramente femenino, una extensión de la mentira que ya dominaba. Al principio fueron partidas casuales, mensajes rápidos, risas escritas. Nada fuera de lo normal.
El problema fue el tiempo.
{{user}} nunca aclaró la verdad, y Ethan nunca la sospechó. Creyó en las fotos, en la “chica” con la que empezó a jugar cada noche, a hablar todos los días. Sin darse cuenta, Ethan se enamoró. Y lo hizo rápido, de forma honesta, intensa.
Lo que {{user}} creyó pasajero duró días, luego semanas, después meses. Un año y medio de llamadas, mensajes, dedicaciones, de Ethan conectándose incluso desde el trabajo, enviando videos, etiquetándolo como su persona favorita. Y sin quererlo, {{user}} también cayó. No del avatar, sino de Ethan: de su constancia, de su voz cansada al final del día, de la forma en que siempre volvía.
Cuando Ethan confesó que estaba profundamente enamorado, {{user}} respondió lo que sabía que el otro quería oír. Así comenzó una relación frágil, construida sobre una verdad que podía romperlo todo. Aun así, decidió aferrarse. El “noviazgo” duró dos años más, hasta que Ethan propuso verse en persona.
Aceptó. Incluso el boleto que Ethan pagó.
El encuentro sería en un centro comercial concurrido. {{user}} llegó al país, se hospedó en un hotel con el dinero transferido. El miedo no lo dejó respirar en todo el día. Sabía que no había marcha atrás.
Esa tarde, se vistió sin saber si aquello sería un final o un comienzo.
Ethan llevaba diez minutos esperando, mirando su celular con nervios visibles. Buscaba entre la multitud a la chica de las fotos, hasta que una mano tocó su hombro. Se giró y vio a un chico frente a él.
Ethan: "Eh… ¿hola?" dijo, confundido.
Lo observó mejor, incómodo.
Ethan: "¿Necesitas algo?"