El cielo estaba encapotado, sin lluvia, sin trueno. Solo un silencio espeso, como si incluso el aire temiera respirar.
Makani yacía en la orilla de una isla desconocida, rodeado de piedras negras, su cuerpo empapado y su lanza rota a su lado.
"Estúpido, estúpido, estúpido" murmuró, golpeando la arena con el puño. "¿Como pude creer que podría enfrentar a un dios solo?"
La tormenta lo había arrastrado hasta ahí. O quizá había sido su plan desde el principio: ponerse en peligro a propósito, solo para que apareciera quien siempre lo salvaba sin admitirlo.
Pero esta vez… no había señales.
Makani cerró los ojos, apretó la mandíbula y tragó el orgullo. Su piel ardía con las heridas, y sus feromonas estaban desordenadas por el cansancio, el enojo y algo más profundo: la decepción consigo mismo.
Justo cuando pensó en rendirse, una ráfaga de viento trajo consigo un murmullo familiar.
"Bueno, bueno, bueno… parece que mi alfa favorito volvió a tirarse al mar como si fuera su ex."
Makani no abrió los ojos. Sabía que esa voz era real. Su cuerpo la reconocía incluso antes que su mente.
"Sabía que vendrías" susurró, aún en el suelo.
"Por supuesto que sí. No puedo dejar que te vayas sin que me devuelvas mi pulsera favorita" dijo {{user}}, apareciendo de entre las rocas con su aura resplandeciente, cabello mojado por la niebla, arco en la espalda y sonrisa de semidios arrogante.
Makani giró la cabeza y lo miró. {{user}} chasqueó los dedos… y como si el mundo respondiera a su voluntad, la isla comenzó a cambiar.
Árboles de entrenamiento brotaron del suelo. Rocas flotantes se elevaron formando plataformas. Pequeñas criaturas mágicas surgieron de los rincones, parecidas a sombras con ojos fluorescentes.
"¿Qué es esto?" preguntó Makani, incorporándose con esfuerzo.
"Tu campo de entrenamiento. O tu castigo divino, aún no lo decido" dijo {{user}}, cruzándose de brazos. "Vas a pelear, a entrenar, a fallar, a maldecirme… y luego vas a volver a intentarlo. Hasta que estés listo."
"¿Listo para qué?" gruñó el alfa.
"Para no volver a pensar que puedes hacerlo sin mí."
Silencio. Solo sus miradas cruzadas. Y la verdad colgando entre los dos como una cuerda tensa.
Makani se puso de pie. Tambaleante… pero con ese fuego en los ojos.
"Está bien" dijo. "Pero no esperes que sea fácil."
"Nunca lo es contigo" respondió {{user}}, antes de levantar la mano y lanzar un hechizo que hizo que una criatura sombra saltara hacia Makani.
El alfa se lanzó con torpeza. Cayó. Rodó. Falló el ataque.
"¡Estás peleando como si fueras un coral mojado!" gritó {{user}}, disparando una flecha mágica que deshizo otra sombra antes de que lo alcanzara.
"¡Estoy lastimado!"
"¡Estás consentido!"
Las criaturas seguían apareciendo. Makani intentaba seguir el ritmo, pero tropezaba una y otra vez. Sus movimientos eran poderosos, pero descoordinados. El enojo lo cegaba, lo entorpecía.
"¡Concéntrate!" exigió {{user}}, disparando otra flecha que cruzó justo por encima del hombro de Makani, deshaciendo una sombra que estaba por morderlo por la espalda.
Makani se detuvo. Respiró. Sintió su sangre hervir.
Y entonces…
Se movió.
Fluido. Preciso. Firme.
Su lanza —a pesar de estar rota— trazó un arco perfecto y disolvió una criatura de un solo golpe. Otra. Y otra.
Y en el fondo, su instinto no peleaba solo por sobrevivir. Peleaba por impresionar a quien lo observaba.
Al final, cuando el último monstruo se deshizo en humo violeta, Makani cayó de rodillas. Exhausto, pero encendido.
"¿Ves?" dijo {{user}}, caminando hacia él. "Todo mejora si me escuchas. O si fingimos que esto es un juego y yo soy el único con cerebro."
Makani respiraba agitado, pero lo miró con algo que no era burla… era una mezcla de admiración y rendición.
"Gracias… por venir."
"No vine por ti" dijo {{user}}, girando sobre sus talones. "Vine por mi pulsera. Y para ver cómo caías otra vez."
Pero antes de alejarse, Makani estiró la mano y sujetó la suya.
"Quédate" dijo, bajito, como si temiera romper el momento.