(PRISIONERO 815/ TOLL)
El primer día siempre huele distinto. Tom Kaulitz lo supo en cuanto cruzó las rejas metálicas de la prisión de Stuttgart. El eco de los cerrojos, el olor a hierro y desinfectante, las miradas pesadas de los internos tras los barrotes. No era nuevo en el trabajo de seguridad, pero aquello no se parecía a nada que hubiera experimentado antes: el ambiente en esa cárcel se sentía vivo, casi amenazante, como si las paredes mismas observaran.
Con paso firme, manos dentro de los bolsillos del uniforme recién planchado, Tom avanzó detrás del alcaide que le daba la bienvenida con un discurso rutinario sobre protocolos, zonas restringidas y el tipo de hombres que habitaban allí. Pero Tom apenas escuchaba; sus ojos claros escaneaban cada rincón, cada rostro que aparecía tras las rejas, evaluando riesgos como instinto natural.